lunes 16/5/22

La libertad de los pobres

Vulnerables hasta el fin de sus días. Y sentir nacer la pena en cada uno de ellos. La humanidad nunca fue tan descarnada como lo es ahora. Ni el sistema tan excluyente. Sobre todo para quienes carecen de recursos económicos para superar estos ‘dos días’ con… Iba a decir un mínimo de bienestar, pero no vengo a hablar de supervivencia, sino de vivir con dignidad. Los apestados. Los marginados. Los diferentes. Los que no representan a nadie, a nada, porque ni tan si quiera en el fondo de sus almas hay un ápice de conocimiento real para saber quiénes son, de dónde vienen o hacia dónde van. De quiénes se ríe la sociedad a veces a la espalda, muchas veces en la propia cara. A quiénes el mismísimo Dios, despiadado, ha abandonado a su suerte para que abracen al demonio cuando el ocaso se les venga encima apagando el último rayo de esperanza. Sobre quiénes micciona, defeca y hasta vomita el Gobierno y sus funcionarios que, ejerciendo la crueldad de los abusones de la clase que recibe al niño nuevo a base de menosprecios y empujones, inclinan la balanza en contra del atribulado con mano rápida, prepotencia y dosis irreductibles de paciencia para ayudar, eludiendo por completo su responsabilidad y ética profesional, al ciudadano. Sea de la condición que sea.La ignorancia, sin embargo, no incluye una fórmula mágica que haga desaparecer el dolor, las heridas o la sensación de asfixia y represión. El tipo que baja a comprar a la carnicería y siente cómo los vecinos le evitan el saludo por la ropa que viste, sufre. La mujer de ojos oscuros y moreno cañí que va, junto a sus hijas, a llenar garrafas de agua mientras cae el diluvio universal y sus zapatos y su corazón entero quedan inundados de frío, también sufre. El padre sin trabajo que no encuentra un lugar en el mundo, en el futuro, para darle paz a su familia y lograr así la suya propia, sufre. La mujer que ronda los 60 sin haber cotizado un sólo año de su vida porque necesitaba el ‘pan para hoy’ para pagar facturas o llevar comida a casa, ahora atisba la máxima precariedad, la pobreza, como fiel compañera del final de su ‘vida útil’. Y también sufre. Porque desde el segundo uno le robaron la capacidad de decidir. De labrarse un camino al margen del que las circunstancias impuestas garabatearon con saña para ellos. La única posibilidad de avanzar que les quedaba la perdieron con su libertad.

Porque hoy todos somos teóricamente libres. Pero en realidad todos somos esclavos del dinero. Quienes gozan de la libertad absoluta son aquellos que tienen mayor cantidad, frente al austero concepto que publicitó tanto el estado de bienestar y en el que se ha convertido la libertad de los pobres. Ojalá por 365 días los de arriba coman como los de abajo, y los que se remangan para salir del barro se rían del cuento de hadas como lo hacen los ricos, por equilibrar un poco la balanza. Y por simple empatía: la capacidad más brillante de nuestra especie, y también la que más ha decaído en el último siglo.

La libertad de los pobres
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