Diario de León

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Más que una mesa esto parece un particular juego de las sillas en el que los que nunca estarán ponen la zancadilla a los que ya han avisado de que no les espere. Y es que puede que para esto tampoco haya tempero, que la tierra hay que dejarla en barbecho todo lo que podamos, que igual, puede, que si lo intentamos ahora dé fruto y todos nos vayamos a freir gárgaras. ¿Cuántas patas tiene la mesa? porque se mire por donde se mire parece que el diseño se elaboró para que siempre hubiera una esquina coja a la que achacar el desequilibrio. Ni hay tempero ni el señuelo que pusieron en marcha para que la tierra no germinara parece echar raíces. O sea que —después de siete meses— el 16 es muy precipitado y, además, convertimos el whatsapp en una corrala con remite a la prensa. Así evitan llegar a una solución que les obligue a poner en juego el alpiste, que nos hemos puesto rojos tantas veces que ya no tiene sentido sacar el velo de la dignidad.

Ni hay tempero ni habrá mesa. ¿Para qué? ¿Cómo sentarse ante el vacío de las ideas y la voluntad? ¿por qué? Puede que tengan miedo de darse cuenta de que esta provincia ha estado comandada por los que no existen, en un extraño solipsismo por el que nadie sabe quién está enfrente, que puede que en la silla de al lado no haya vida, o al menos, no inteligente, que en realidad, quizás, esto sea un monólogo en el que ni siquiera el guionista encuentre a quién quiere dar voz.

La mesa es como la transición justa, un trágala en el que nos harán comulgar con ruedas de molino(s) para terminar de matar lo único que queda después de la batalla. El problema que tienen los testaferros, los que disparan con pólvora ajena y se quedan con los restos del muerto, es que ya sabemos quiénes son y ante quién responden. Ya no se pueden ocultar porque incluso el paisaje tras el que se camuflaban comienza a desteñirse. La tramoya mostró sus tripas hace tiempo. No dejes que León se apague, reza un cartel publicitario cuyas bombillas quieren encender con energías limpias.

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