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La esperada visita de los reyes a Las Médulas no defraudó. Facilitó una vez más esa actitud humana, solidaria y comprensiva que es el santo y seña de la Casa Real cuando se acerca a los que están sufriendo. Felipe VI no pudo ocultar su pesar y dolor al ver los datos de la catástrofe, pero apostó también por avanzar en ese canal de la esperanza que se hace totalmente imprescindible. «Hay mucho que hacer, mucho esfuerzo para sacar adelante la economía de la zona», comentó el monarca intentando enviar un mensaje de «esperanza en el futuro». Las cosas no serán fáciles y será importante la persistencia de todos: de los vecinos para rehacer sus vidas y sus hogares, de los emprendedores para retomar sus actividades y devolver el pulso a las comarcas incendidas y, en general, de toda la sociedad, de los partidos políticos y de las instituciones locales para mantener una actitud reivindicativa para impedir que todo esto caíga en un rápido olvido. Lo peor que puede ocurrir es que el paso del tiempo empuje las cosas hacia ese terrible guion tantas veces repetido y que desemboca en el abandono de las víctimas. El epicentro de los incendios, que nadie debe olvidar que ni siquiera han sido apagados del todo, no puede ni debe diluirse entre los ruidos de las necesidades y caprichos de otros territorios.