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Han pasado casi dos décadas desde que estalló la crisis que derivó en una defunción generalizada del sector de la construcción. La desaparición de empresas de todo tipo, de incontables empleos y de la capacidad para crear viviendas y realizar obras públicas, fue terrible. El problema es que las cosas no han mejorado. Incluso se sumó una crisis de materias primas para hacer más caro y complejo cualquier proyecto. Lo cierto es que ahora, de aquella ‘deconstrucción’ que también tuvo mucho de interés propagandístico para demonizar al sector, llegan ‘daños colaterales’ en forma de ausencia de autónomos y empresas capaces de hacer nuevos pisos o reformas. Y para asumir obras en pueblos, que son tan necesarias como el consultorio de Folledo, a las que nadie opta.