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La cruda realidad de las decisiones políticas, y de los documentos que concretan las inversiones, se aleja de manera drástica de los deseos grandilocuentes que se expresan en los discursos más o menos idílicos. España sufre una grieta que crece un poco más cada día que pasa entre los ejes marcados por el desarrollo —algunos con privilegios que ya empezaron a recibir incluso durante la dictadura franquista— y unos territorios cuyo abandono y olvido crecen de manera constante, haciendo bueno lo de la pescadilla que se muerde la cola si se tiene en cuenta su despoblación. Oyendo palabras sobre un futuro mejor que no tienen ningún poso. La Ruta de la Plata es fundamental para buscar un mínimo equilibrio —parece imposible avanzar hacia la igualdad— entre el Mediterráneo y un oeste peninsular que acumula las zonas con peores estadísticas en todos los órdenes. Por ello, de la inclusión del corredor ferroviario entre Asturias y Andalucía —especialmente el tramo bloqueado desde hace 41 años en Astorga y Plasencia— dependerá la oportunidad de relanzar el atractivo de esta zona. Pero el desinterés de todos es máximo y sólo se percibe cuando toca utilizar la situación del oeste como baza para atacar al otro. La plataforma Corredor Atlántico intenta, al menos, que se escuche la voz de la queja.