viernes. 03.02.2023

Camilo de Blas

Uno de Mieres que nun tie perru, pero sí tie botes de siete legües para cruzar el ancho mundo allá donde le lleve su magisterio culinario o su solidaridad de matar hambres (del chef José Andrés hablamos) le ha echado unos piropos bien merecidos a la que considera su confitería preferida en el mundo, la ovetense Camilo de Blas, matriz de uno de los dulces más nombrados de Asturias, el carbayón que compite en popularidad con la mítica casadielle de elaboración casera en origen y hoy confitera. El orgullo paisano de José Andrés le nace de sus recuerdos de infancia identificando en asturiano los perfumes salidos de este obrador, pero hay que recordar que Camilo de Blas es una gloria bendita que nació y fue leonesa, pues en León radicaba ese Camilo y en la Calle Ancha abrió su confitería hace más de siglo y medio, en 1876, montando para sus dos hijos cuarenta años después una en Oviedo (1914) y otra en Gijón (1915), que son a las que vuela la memoria del regusto del cocinero mierense.

A la confitería leonesa de Camilo no la superó en obrador ni en galas de local guapo ninguna de las que cosecharon también su fama aquí (La Coyantina, La Mallorquina, Polo). Preciosa era. Y nuestra pena fue infinita cuando hace dos décadas cerró este emblemático establecimiento para convertirse en franquicia vulgar que destruyó toda su estampa en un alarde de falta de estilo y escasa inteligencia. Pero de aquella confitería guardé siempre dos estampas: la de mi padre suministrándole durante un tiempo los huevos de nuestra granja familiar... y la mía eligiendo en miércoles recién salido del horno un pastel que me creó adicción perdularia, concha abierta de fino hojaldre alojando una carga de crema sutil y otra de merengue, algo que interpretaba como una bandera vaticana blanca-amarilla con indulgencia plenaria permitiendo convertirla en placer lujurioso si se lo ofrecíamos a los dioses del atardecer bajo toldo en el monte de Valderilla, junto a una hoguerita chispeante y con vino espumoso animando a repetir bocado... y gozo... mmmmm.

Camilo de Blas
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