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León

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Fronterizos | miguel Á. Varela

Se lo dije el otro día a un amigo, que previamente se había declarado ateo, en una conversación de barra de bar: cuanto más me interesa la religión como concepto espiritual inherente al ser humano, menos atractivo le encuentro a esas construcciones políticas consolidadas durante siglos como guardianas de la ortodoxia divina que llamamos iglesias. Convertidas en complejos órganos de poder administradoras de poderosos recursos materiales y, sobre todo, dotadas de una inquietante capacidad para el secuestro de conciencias y la manipulación de conductas, las iglesias, como veteranas organizaciones políticas que son, han desarrollo un laberíntico armazón intelectual capaz de enfrentarse a las situaciones más peliagudas. Su monolitismo es su gran arma y por eso los cambios sociales les llegan siempre con retraso de hasta varios siglos. Como en el chiste que se contaba en Cuba en el que Fidel rechazaba como regalo una tortuga al enterarse de que el animal podía vivir más de cien años: «Es lo malo que tienen los animales -”decía el líder-”, cuando te encariñas con ellos se te mueren». Así, una parte importante del mundo vive en la Edad Media porque su iglesia mantiene postulados que ya eran viejos cuando se dictaron y sus férreas estructuras amordazan bajo la amenaza de la ira divina a un pueblo temeroso ante la inmortalidad de un mundo inamovible. En este país nuestro, la iglesia ha sacado a relucir su más conspicuo argumentario para eximir de las execraciones episcopales al monarca, obligado por la Constitución a firmar la reforma de la Ley del Aborto, de forma que los parlamentarios católicos que hayan votado la polémica ley quedarán fuera de la comunión pero no así el Rey. Seguro que tanto esta decisión como la contraria encaja perfectamente en el alambicado pensamiento eclesiástico y por eso me pregunto qué culpa tendrá Dios del uso que de él han hecho los hombres.

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