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León

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Historias del reino margarita torres

M ientras usted amigo lector, lee estas líneas, un grupo de doce policías bercianos recorren el Camino de Santiago desde Roncesvalles a Compostela. En un plazo de 72 horas, en una carrera de relevos sin descanso, que cumplirá este doming o, se presentarán ante el Apóstol quienes tres días antes admiraban Navarra. Y todo ese esfuerzo por una buena causa porque, como recordaba el Mayor de Ponferrada, Arturo Pereira, en estos tiempos difíciles que atravesamos no se puede dar un paso atrás ni en la caridad, ni en la solidaridad. Un tipo admirable, sin duda, al igual que quienes le siguen en un esfuerzo que busca captar la atención sobre problemas reales. El dinero que recauden se repartirá entre varias causas. Me quedo con dos: la Asociación de lucha contra el cáncer y el colegio español «Virgen del Pilar» de Jerusalén. La primera no necesita presentación, la segunda tal vez sí, pues quizás sorprenda que un puñado de leoneses quieran dedicar parte del dinero que recauden con su esfuerzo a un centro docente en el corazón de Tierra Santa. Se trata de un colegio donde se imparte docencia a niñas musulmanas y cristianas. Juntas, unidas por el requisito de la pobreza y la no distinción de clases sociales. Sin diferencias absurdas de padres ultraconservadores, ni requerimientos de burkas castrantes o condenas a la sombra de la discriminación de género. A menos de cinco minutos del Santo Sepulcro, regentado por monjas españolas, acoge a más de 250 niñas palestinas, católicas y musulmanas.

Actualmente recibe cientos de solicitudes de admisión, pero sigue firme en su rasero: niñas, palestinas, pobres. Semejantes a las que, privadas de educación, castigadas por la misma miseria, enterradas bajo capas de extremismo religioso, se autoinmolaban con un cinturón de bombas, tal como recuerda el estremecedor libro «Las siervas de Allah». El analfabetismo, la pobreza, la desesperación conducen a la barbarie. Por eso resulta tan importante el ejemplo del colegio Virgen del Pilar, porque ofrece a las niñas palestinas un nuevo horizonte sobre el que decidir gracias a la educación recibida. Sin diferencias, sin brechas abiertas por políticos infames.

La profesora de castellano está casada con un palestino, sus hijos son musulmanes. Gracias a su pasaporte español consigue atravesar el muro construido en la Segunda Intifada. Muchas de sus compañeras, sin documentación israelí ni europea, por supuesto, a veces no consiguen superar esa barrera de la vergüenza construida sobre el miedo. Pero aun así, gracias al esfuerzo de todas, el colegio educa niñas inteligentes, cultas, preparadas para que contribuyan a construir una sociedad más justa. La misma que los hombres que dirigen el mundo en Oriente no han sabido edificar salvo bajo las ráfagas de las ametralladoras, el chirriar de los carros de combate o los gritos de las víctimas de los atentados. A ese esfuerzo para la paz, a esa apuesta de futuro en Palestina, o Israel, como prefieran, dedicarán parte del dinero que recauden con su esfuerzo estos policías de Ponferrada que saben que el valor de un hombre o de una mujer reside en el corazón. Esa sí es la ver dadera alianza de civilizaciones.

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