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León

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L as crisis, según pregonan los más optimistas, generan oportunidades. Es cierto. La demostración empírica de tal aseveración ha sido la reciente celebración low cost de los Micrófonos de Oro en Ponferrada. La organización del acontecimiento mediático, político y social del año en León ha resultado la más exitosa de toda la trayectoria de estos premios que bien es cierto que siguen latiendo gracias al corazón de toro de un hombre que sólo él es capaz de cuadrar temporada tras temporada la agenda de una veintena de los nombres más ilustres de la comunicación, el espectáculo, la empresa o la cosa pública del país. El tijeretazo económico obligado en torno a la maquinaria organizativa, siempre bajo el signo del exitazo del evento, ofrece no obstante lecturas inversas. Si la ágil y amena gala, a la que contribuyó también la figura profesional de Susana Griso, ha dejado en mal lugar las excesivas seis horas de sentada de las ceremonias precedentes, y si el marco del castillo de los Templarios deslumbró a los principales agasajados casi tanto como los pendientes versallescos de la baronesa Thyssen, cabe preguntarse con afán de rectificación: «¿Cuánto dinero se ha derrochado en las ediciones anteriores en la muda imposible del pabellón del Toralín en palacio de congresos y aún más en la invitación desmesurada de más de uno y de dos zánganos que siempre viajan a lomos de la estela fugaz de algunos de los galardonados?».

Socialmente, por otro lado, al margen de la alfombra roja a las puertas del Bergidum, nunca los ponferradinos habían gozado de la posibilidad de un contacto tan amable, respetuoso y cariñoso con los homenajeados como en el trayecto sin barreras entre el teatro y la fortaleza; atravesando las plazas del Ayuntamiento y de La Encina entre un derroche público de algunos de los ingredientes básicos que agitan el interés humano y por consiguiente el periodístico: el poder -”el político y el económico-” el dinero, el prestigio y también el sexo, encarnados en la mayoría de los principales iconos de la mundana procesión. El comedido ágape en el marco de la antigua ala palacial del castillo, decorada con un gusto exquisito, encandiló a todos por su normalidad. Como, por ejemplo, a la corresponsal de TVE en Jerusalén, Rosa María Molló. Un derroche zen de oficio, sensatez y de historias de periodismo. Al fin: ¡bendita crisis!

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