HISTORIAS DEL REINO
Si don Juan Tenorio levanta la cabeza
Se vuelve a la tumba del pasmo que le da ver a tanto español haciendo el chorras cada noche del 31 de octubre y 1 de noviembre. Ese día, nuestro tradicional de Todos los Santos, recorren las calles paisanas monísimas disfrazadas de Bruja Avería, Vampirillos Crepusculares y cientos de calabazas que representan, sin duda, las cabezas pensantes de aquellos que prefieren fiesta extranjera antes que indígena propia.
El Halloween que se llevaron los irlandeses emigrantes a Norteamérica, allá por mediados del s. XIX, que se popularizó a comienzos del pasado siglo XX, nace de una raíz antigua céltica, el Calan Gaeaf, más tarde conocido como Samhain o «día del final del verano», pues entendían los de aquellos lares nórdicos que el año comenzaba entonces.
Asociaban esas horas oscuras con la apertura de la puerta que comunicaba el inframundo y el nuestro, por la que parientes fallecidos eran invitados y agasajados por los vivos. Al tiempo, aprovechando el resquicio se colaban por la rendija todo tipo de espíritus demoniacos, fantasmas diversos, duendes verdes o amarillos y animales diabólicos varios.
De la mano de Hollywood llegó una fiesta irlandesa a lo largo y ancho del mundo hasta las tierras leonesas, donde no hay tienda de juguetes o disfraces que se precie que no cuente con la calabaza con cara de mala leche, el gorro picudo y la capa rojinegra. Y, venga, cachondeo al calimocho de difuntos aliñado con huesos de santo.
A la mañana siguiente, los de la calabaza regresan a sus casas para dormir, perdida la referencia de la celebración de difuntos, so excusa de una nueva tradición a imponer. Mas si quieren tradiciones que recuerden que ya los astures, pelín más antiguos y autóctonos que los gaiteros de Donegall, honraban hace más de dos mil años a sus muertos, cuidaban de sus mayores y respetaban su enseñanza y autoridad. Pero en una sociedad como la nuestra en la que no nos respetamos los unos a los otros, en la que se profanan cementerios para botellones o jugar a la oui-ja, en la que a los viejos los metemos donde menos estorben y se les escucha lo justo para que no molesten, el viejo Día de Difuntos pasaría a mejor vida, la de ultratumba, de no ser porque suele permitir un puente y cortas vacaciones a mucho personal.
No digo que sea obligatorio el visionado enésimo del Tenorio en la tele, o la lectura de la Biblia a la hora de la cena, ni prescindir de celebrar la vida en la víspera del día de los muertos, pero sí dedicar unas horas a su recuerdo, a lo que han significado para nosotros, a homenajear su memoria. No malgastéis las flores, pero tampoco convirtáis en eras vuestras almas. Y si a la luz de una vela veis un rostro, mejor que sea el del abuelo que la sombra alargada de un demonio celta.