TRIBUNA

Reforma laboral y contrarreforma ideológica

Publicado por
Isidoro Álvarez Sacristán. Jurista
León

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En las páginas de este diario (22/02/2012) se publica una opinión sobre la reforma laboral, bajo el titulo de La ‘equilibrada’ reforma laboral , firmada por Enrique Javier Díez Gutiérrez, que lo hace en nombre de su actividad o profesor de la Universidad de León. Independientemente de sus teorías y opiniones sobre la reforma laboral extraña que divida a la sociedad entre «ellos» y «nosotros», cuando dice que : «nos tendríamos que preguntar que harían hecho ellos si el golpe de estado (sic) hubiera sido a la inversa» o «al menos a ellos…». Desde esta distinción no se sabe muy bien quiénes son ellos, puesto que si firma como profesor de universidad, los que han hecho la reforma —el poder legislativo— serían ellos y el resto de lo universitario serían nosotros. No obstante, por el tono de la opinión parece entenderse que habla como trabajador-sindicalista (seguramente con un empleo fijo a costa del Estado). Pero si fuera solo profesor universitario, a secas, estaría dividiendo a la sociedad entre los que no están en la universidad y los que viven en ella. Desde luego una función ajena al propio sentido de la universidad, puesto que fuera de la universalidad es la nada.

Cierto es que la reciente reforma laboral ha suscitado controversias, huelgas y paros, pero no lo es menos que era necesaria un reestructuración de las relaciones laborales que no pueden quedar ajenas a la crisis económica que asola Europa. No conozco ni un solo artículo, pancarta u opinión que razone negativamente la reforma, solo oigo y leo lemas anticuados: «capitalismo», «se quieren quedar con todo» (¿quiénes?, otra vez el ellos y nosotros ), «golpe contra los trabajadores», etc. Son situaciones de un dirigimos político instado desde la izquierda. Es sabido que la izquierda no puede vivir sin la confrontación, no sería izquierda —pues lo lleva en los genes de su intelectualidad— si no reivindicara el ellos y el nosotros

Se basa la crítica a la reforma, principalmente, en que la indemnización por despido disciplinario ha pasado de 45 días por año a 33 días. Pero no se ha caído en la cuenta que las relaciones laborales no se centran solo en un despido, pues éste se produce por incumplimientos que están perfectamente tipificadas en la ley y que, llegado el caso, en que los motivos de la extinción no sean los que dice la norma laboral, deben de indemnizarse por los daños y perjuicios que se cifran en días de salario que podrían ser 50, 30 ó 14, pero que el Estatuto de los Trabajadores ha venido fijando en 45 días por año de servicio. Se debe de entender que tal indemnización lo sea en situaciones normales, pero nada obsta que se aplique el principio general del derecho («rebus sic stantibus») de cambio de situación para variar la cuantía de los daños y perjuicios, como ahora ocurre. Ya se sabe que el contrato de trabajo responde a una situación de relación basada en la buena fe (artículo 20 Estatuto de los Trabajadores) de forma que no se puede argumentar que el empresario se dedique a despedir, pues lo que se interesa es una relación estable para la producción. Y esa estabilidad se consigue no solamente por la relación, digamos cordial, sino que se rija por normas que justifiquen la superación de situaciones negativas en la empresa y, por ello, las reformas deben de tender a esa superación.

Habrá que convencer a los sindicatos que la empresa es una comunidad en que el factor trabajo es, en efecto, el más importante, pero debe de colaborar con el resto de los factores. Y se olvidan, también, nuestros sindicatos de algo fundamental: la Constitución prevé en su artículo 131 que el Gobierno contará con «el asesoramiento y colaboración de los sindicatos». Y no se pueden sustraer a este mandato bajo el argumento de que las reformas van en contra del mundo laboral. No puede partirse de la hipótesis de que el Gobierno va en contra de los trabajadores, pues las decisiones de las leyes tienen —por principio— un fin de generalidad.

Todos coinciden —desde eximios economistas hasta los organismos internacionales— que era necesaria una reforma laboral, pues como dice el profesor citado, «de las 52 reformas del Estatuto de los Trabajadores desde el año 1980, ni una sola ha creado empleo»; y digo yo que no será porque no se haya intentado por los gobiernos de distinto signo. Bajo esta hipótesis no es extraño que se propongan otras reformas (contra reformas) basadas en la toma, robo y violencia en supermercados, ocupación de calles y carreteras o la propuesta de ocupación de la banca. Es cierto que también ha existido violencia en el asalto intelectual e ideológico a cajas de ahorro por políticos y sindicalistas, sin que se pidiese por profesores universitarios o sindicatos ninguna contrareforma.

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Puede que no guste la reforma laboral ni las decisiones económicas del Gobierno, y que sea cierto que podrían realizarse en otros ámbitos, pero ante situaciones de emergencia, se necesitan actuaciones drásticas y urgentes. La actuación ante todas estas vicisitudes deben de tomarse de común acuerdo, No me gusta vivir en una sociedad en que existan ellos y nosotros , porque cada ciudadano se preguntará quiénes son ellos y en que lado del nosotros se sitúa. Al final de la obra de teatro «Entre nosotros», de Laín Entralgo, razona el personaje Robert que «hay maneras distintas de decir nosotros», pero solo existe «cuando la vida es a un tiempo coloquio y comunión»