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MANUEL ALCÁNTARA
León

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Se asombraba Bertrand Russell de que en su siglo, que era el XX, aún hubieran obispos que creyeran que el mejor método para combatir la sequía era la oración. Ya no nos sorprende nada, ni siquiera que el apóstol Santiago, que es el que más ha hecho por el turismo español, llegase a las costas gallegas en un barco de piedra y a puro remo.

No menos milagroso es que el obispo auxiliar de Solsona, Sebastián Taltavull, reclame una Conferencia Episcopal catalana para estar al lado del pueblo en una hipotética Cataluña independiente. La obligación de los pastores es estar con sus ovejas, aunque algunas estén como cabras y tiren al monte.

No hay que olvidar que la doctrina social de la Iglesia reconoce el derecho de los pueblos a la independencia y la voz del pueblo, como dice la copla, es una voz de Dios, perfectamente audible para los monseñores.

El proceso hacia el secesionismo tiene varias etapas. Los más viejos de la localidad, entre los que me cuento, recordamos diversos vaivenes que pretendían desvencijar la silla de Pedro.

En la guerra mal llamada civil, ya que sus gerentes eran militares, murieron asesinados muchos sacerdotes y un numero considerable de obispos. Los que se salvaron, para mostrar su gratitud, sacaban posteriormente al vencedor bajo palio.

La cosa tenía tela. Ellos fueron los que idearon llamarle «Cruzada» a aquel horror pero el mundo da muchas vueltas y nos está volviendo a todos locos. Ahora Rusia camina hacia un Estado clerical y cuatro partidos del parlamento apoyan un proyecto de ley para condenar a cinco años de cárcel a los que profanen objetos de culto. ¡Si Stalin levantara la cabeza!

La debilidad del Gobierno actual anima al desguace. Nadie se libra de lo que Luis Cernuda llamó «el error de estar vivo» y la Santa Madre Iglesia tiene un lío padre. El episcopado catalán defiende el independentismo.

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A algunos cardenales les duele la cabeza y el corazón. El catolicismo se parcela a nuestra modesta escala. Que Dios nos ayude. Amén.