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JAVIER TOMÉ
León

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La verdad sea dicha, a mí eso del purreleo familiar y el protocolo de pero mira cómo beben los peces en el río me dice poco. Pero aquí está la Navidad, pese a que la clase política sigue practicando la perniciosa dieta de la anfeta, tirándose los trastos a la cabeza y aferrada a sus supuestos privilegios de casta. Ahora mismo me acaba de llegar al correo una encantadora noticia, por la que Ana Botella ha enchufado con calzador a su sobrina, de nombre parecido y después de suspender el examen de acceso, en la nómina del Ayuntamiento de Madrid y con un sueldo mensual de 5.000 euros del ala. Vaya tropa, que diría el burlón conde de Romanones. Para despejarse de tanta cutrez, nada mejor que visitar la exposición sobre la mítica editorial Ruedo Ibérico que programa la Biblioteca Regional. Un proyecto fundado en 1961, en París, que aglutinaba a distintos creadores decididos a luchar contra la dictadura franquista.

A modo de compensación a todo un año de sacrificado trabajo y laboreo intelectual, la plantilla de la Biblio se reunió para festejar gastronómicamente la Navidad, loable iniciativa a la que me sumé. Y si la comida resultó excelente, ya se pueden imaginar el colofón bailable. Por su espíritu travieso y acreditadas dotes danzarinas, el alma del sarao fue Alberto, apodado en los ambientes filarmónicos «el astro de Puente Castro». Abrió el programa con un rigodón junto a la guapísima Alejandra, una rubia por lo demás peligrosa. Luego, reconfortado por la barrica de amontillado que se apretó, ejecutó junto a la maciza Leo una alocada y vibrante versión del You never can tell infinitamente superior a la realizada por Travolta y Uma Thurman en Pulp Fiction. Para acabar, todos juntos danzamos ese himno lúdico titulado el Cha-ca-cha del tren, yo bien amarrado a la dulce Silvia. En fin, la entrañable y blanca Naviduqui.

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