TRIBUNA

El país de los verdes brotes y milagros grises

Publicado por
José Luis Gavilanes Laso escritor
León

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Las campanas del Reino Autonómico de la Gran Patraña se han vuelto locas doblando a arrebato por la crisis tormentosa que atraviesa el país, que no cesa de asustar a todas las horas a los sufridos patrañuelos, salvo a aquellos curados de espantos y quebrantos. Deleitoso era de ver antes de este castigo que se les ha echado encima como una maldición bíblica a los habitantes de la Gran Patraña, un país idílico poblado de sano bosque, donde campaban felices a su antojo Pitufos, Pitufitos, Blanca Nieves y los siete enanitos…, bajo el garabateo de simpáticas ardillas. Y las aguas de los ríos fluir impolutas y cristalinas, vivificadas por multitud de peces de todas las especies y colores. Y las gentes honradas y sencillas acudir alegres al laboreo de sus campos y al cuidado de sus ganados, siguiendo los bucólicos compases de la sinfonía Pastoral del bendito sordo teutónico. Pero llegó la despoblación al mágico reclamo del edén urbano, y con ello el abandono despiadado y perseverante de la vida campestre, salvo el émulo del emperador romano, sólo residente para incendiar el bosque y extasiarse ante el infierno de las llamas al estremecedor eco de Una noche en el monte pelado , el poema sinfónico de un frustrado marino ruso.

He aquí y ahora un paisaje desolador habitado por patrañuelos divididos entre codiciosos y atemorizados. Los primeros, redivivos hunos, estafando y esquilmando con una voracidad sin límites a sus ingenuos compatriotas; los segundos, con las mandíbulas telegrafiando angustias ante la amenaza de perder su empleo, o desempleados sin subsidio mirando a estos últimos con no disimulada envidia.

Ante este panorama de emergencia, se ha reunido urgentemente el gabinete de crisis del gobierno de la Gran Patraña, esto es, la llamada Cuadra, formada por el presidente Marianón y los ministros Teguindo, Montedeoro y la hermana Sor Santamaría Madrededios. Se impone una rápida revisión de los índices económicos. ¿El bono a dos años?: sabe dioj, sintiéndose aludido, Pepe el sociata. ¿La prima de riesgo?: una señora ambiciosa trepa que trepa. ¿El crédito?: absolutamente desacreditado. ¿El desempleo?: de parados a un sinnúmero de detenidos. Y, lo más importante, ¿el déficit?: una herida con más de siete puntos de sutura. ¿Pero es que no hay absolutamente ningún brote verde? ­pregunta Marianón, con una cara de sufrimiento tan expresiva que da ganas de cantarle una saeta. Sí, presidente, hay ciertamente un par de brotes verdes —responde el ministro Teguindo—. Uno está en las exportaciones: hemos facturado este mes 3.330 jóvenes fabricados íntegramente en los talleres de enseñanza superior, que, al contrario de las golondrinas, no volverán; 30 mil millones de denarios en industria armamentística para la alianza de civilizaciones, y 100.000 hectolitros de nuestra reserva espiritual. Pero hay más —prosiguió Teguindo—. Además de las exportaciones, hay también un repunte verde en el capítulo del gasto, de momento pimpollos chiquitines como yerbecitas verdes. Gracias a los recortes de nuestras políticas sociales, especialmente en lo tocante a dependencia y jubilación, hemos obtenido una incipiente reducción del mismo. Pensionistas e incapacitados van cayendo como moscas. Las causas son varias. En primer lugar, con el incumplimiento de promesas hemos creado una atmósfera de disgusto generalizado, muy perniciosa para la salud de personas mayores y dependientes. En segundo lugar, hemos reducido su poder adquisitivo con la eliminación de las ayudas, la congelación de las pensiones, la subida del IRPF y el aumento del IVA. Y nos ha venido de perlas la colaboración de los camaradas de banca y cajas, con la emisión de activos tóxicos (participaciones preferentes, obligaciones subordinadas, etc.) ingeridos por buen número de estos incautos que han puesto en peligro su vida y la buena convivencia en el seno de sus familias. Por esta vía se han captado gran parte de las indemnizaciones a los familiares de las víctimas del mayor atentado terrorista de la historia de la Gran Patraña. ¡Qué perspicacia, siempre al acecho, son unos genios! Y, por último y más importante, se han aumentado notablemente las listas de espera de las operaciones quirúrgicas, eliminado la gratuidad de los medicamentos y traslados en ambulancia, con el incremento significativo del empleo en los tanatorios. Sin contar los que, desesperados, suben voluntarios a la barca de Caronte rumbo al averno. Yo creo —continuó el ministro Teguindo en este esperanzador informe— que si seguimos intensificando estas medidas preeutanásicas y damos un paso más, quitándoles a los pensionistas una de sus 14 pagas, sucumbirán unos miles de decenas más, por lo que no habrá ya que echar mano a la hucha de reserva ni recurrir a la «solución final». Si antaño hubo que soltar lastre hacia los países más ricos del continente y, en menor número a las antípodas para esquilar ovejas o circuncidar monos al otro lado del charco, ahora urge hacerlo hacia la eternidad. La única desventaja es que desde la eternidad no hay posibilidad de enviar remesas.

Hay quienes, ante esta situación calamitosa, han mudado el agnosticismo de los milagros para quien los crea, a creer firmemente en ellos. Pero no del milagro como cosa extraordinaria y maravillosa de acto divino sobrenatural, sino de su reverso pesimista y gris, esto es, en el sentido que los parias de la Gran Patraña no se hayan lanzado todavía a la tremenda con besos y caricias en los morros de sus estafadores, ignorantes de todo menos de cobrar, y ante la impunidad de parte de las altas estancias de la nación. Y quiera Dios que no lo hagan, porque, en el caso de hacerlo, se habrán vuelto tan locos como las campanas de sus templos, y el peso de la reacción caerá inexorablemente sobre ellos. De momento, sólo un altavoz difunde por las calles una machacona plegaria: «¡Señor, Señor, castígales porque sí saben lo que hacen!» Y si Dios y la Justicia se desentienden, todo estará permitido.

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