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CABALLERO
León

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Conviven en León en este tránsito de estaciones los primeros modelos de la temporada en sandalia sin media y tirante insinuante para abrir escote, a la hora en la que el sol todavía no ha dado descabello al alba, con los jerséis de cuello vuelto de los últimos días de las rebajas de invierno, subidos hasta la gola cuando los termómetros frisan los 25 grados a mediodía. Un entretiempo que juega con el mercurio para despistar a las cosechas y hacer que la ciudad se asome a las aceras para verse pasar. Esa costumbre hidalga de constatar que nada cambia, que existe una rutina que se atropella a cada paso para dar sentido a los acontecimientos en los que nos reconocemos. La vuelta incesante de los problemas que proporcionan la sensación de encontrarse en casa a aquellos que vuelven 20 años después de salir a buscar empleo; los leoneses en la diáspora que encuentran todo como lo dejaron: el puño levantado con el que los mineros reclaman un futuro para las cuencas, la protesta de los trabajadores de Antibióticos para salvar la factoría con la que empezó a especular en gomina Mario Conde y ahora se desmelena Pucci, la pancarta hizada en la que se reclama dinero para las vidrieras de la Catedral... Salvemos León, como entonces...

La dosis del No-do nos rescata esta semana aquella urna que había en la primera capilla de la izquierda de la Catedral. La hucha de cristal en la que enterraban las vueltas del pan las beatas y tiraban billetes de 5.000 los señores sobrios cuando se les veía, a la entrada de la misa de 12. La campaña que partió del pueblo, con artistas e intelectuales en la vanguardia, y terminaron por patrimonializar los políticos. El espíritu que intentan rescatar ahora los canónigos a la busca de padrinos que cubran los más de 2,4 millones de euros que se necesitan para restaurar las vidrieras que quedan, ahora que la crisis tiene mejores fotos que vender. Dos décadas en las que se fundió el taller de restauración por el que no se apostó como centro de referencia internacional estable con vocación de atractivo turístico y garantía de conservación, que mejor es entregar las cosas a la iniciativa privada en la que hoy se deja un poco de dinero aquí y otro allá.

El pábilo vacilante que ilumina este tránsito de décadas en el que León se reconoce como si no hubiera pasado el tiempo. El estribillo de un tango en el que no tenemos salvación posible.

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