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josé luis gavilanes laso escritor
León

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En modo alguno es mi intención referirme al pasado con el fin de abrir heridas que, pese al tiempo transcurrido, todavía no están del todo cauterizadas. Simplemente lo hago para denunciar la incongruencia actual en el nombre de una calle, con el propósito de que su denominación sea sustituida por el de un prestigioso científico y profesional leonés de la medicina, el oftalmólogo Enrique Salgado Gómez. Me lleva a ello porque creo que existe en nuestra ciudad una deuda de gratitud con persona cuyos ojos vieron en León por primera vez la luz, y luego dedicaron mucho tiempo, saber y esfuerzo para que otros muchos ojos pudiesen ver mejor. Si esta no es razón suficiente para que se le abra una calle en la ciudad que le vio nacer, que baje Dios y lo vea. En el entramado de calles y plazas del casco urbano de León hay un vial céntrico que tiene la curiosa facultad —por otro lado, nada excepcional— de ligar a un rey (Ordoño II) con una pícara (Justina), y por nombre Capitán Cortés. Corresponde al oficial de la Guardia Civil Santiago Cortés González, natural de Valdepeñas. Para el bando vencedor de la Guerra Civil, un héroe muerto en la gloriosa gesta de defender el Santuario de la Virgen de la Cabeza (Jaén) contra el ataque de las «hordas marxistas». Para el bando perdedor, un traidor a la II República y desobediencia a un Gobierno legalmente constituido. Lo cierto es que los triunfadores decidieron dedicar al citado capitán la calle donde estaba ubicado entonces el cuartel de la Guardia Civil, anteriormente Travesía de D. Cayo Balbuena, también conocida como «calle de los guardias». Con la llegada de la democracia, la mayoría de los nombres del callejero de esta ciudad relacionados con la contienda fratricida (Sanjurjo, Generalísimo, Mola, José Antonio, Legión Cóndor) fueron sustituidos. Sin embargo, no sé la razón de la persistencia de otros nombres relacionados con el funesto evento, como Alférez Provisional o Alcázar de Toledo. La continuidad de la placa con el nombre de Capitán Cortés es ya impropia respecto a su acreditación por tres razones: no se justifica por ser leonés; no estar ubicado ya en esa calle el cuartel de la Guardia Civil; y vinculación a un acontecimiento bélico casi en su totalidad desechado del callejero local. Aprovecho para censurar esta infeliz manía de poner nombre a las calles únicamente por motivos ideológicos, sean del credo que sean. Tan absurdo me parece haber abierto en León una a la Legión Cóndor, como en Valderas otra a Lenin a costa del P. Isla. Debería haber un criterio estricto sobre qué o quiénes merecen tener una placa de calle, plaza, parque o avenida, ajenos al capricho, la arbitrariedad o el vaivén de los acontecimientos.

El 6 de mayo del pasado año solicité al señor alcaldede León la propuesta de inscripción en el callejero local a nombre de Enrique Salgado Gómez. Y que ese nombre se ubicase precisamente en la ahora denominada Capitán Cortés. Avalaba la propuesta, sólo de inscripción y no de ubicación, a favor del Dr. Salgado: el Colegio Oficial de Médicos, el Comité Provincial de la Cruz Roja, la Hermandad de Donantes de Sangre y el Cronista Oficial de la ciudad D. Máximo Cayón Diéguez. No quisieron sumarse a la invitación, sin dar razones para ello, la Presidenta de la Diputación, Dª Isabel Carrasco, ni tampoco la Cronista Oficial, Dª Margarita Torres.

El perfil científico y cultural del Dr. Salgado, nacido en León en 1926, fallecido en Barcelona en 1997 e integrante de una importante familia leonesa dedicada a la medicina, especialmente la oftalmología, es extraordinario. Destacó el Dr. Salgado por sus descubrimientos sobre la microcirculación en la conjuntiva del ojo para detectar enfermedades vasculares y cardiacas, que le supuso el reconocimiento en las academias de Gran Bretaña, Alemania, Francia, Suecia y Finlandia. Además del perfil científico fundando la revista Miopía y publicando multitud de trabajos de la especialidad, destacó también como humanista, actividad acreditada por más de una veintena de libros. Pongo en conocimiento de los lectores que a fecha de hoy todavía no he recibido del señor alcalde ninguna respuesta. Me consta que tiene asuntos mucho más importantes, como, por ejemplo, pagar la deuda de 400 millones del Ayuntamiento dejada por sus antecesores del PSOE (sin remontar más atrás, no sea que los palos contra los «otros» se vuelvan lanzas contra «sí»). Pero creo que los ciudadanos, aunque no pasemos de subalternos o mindundis, merecemos que se nos conteste, máxime cuando la solicitud está refrendada por reputadas instituciones. Pongo en el conocimiento del señor alcalde y de todos los vecinos de este municipio que no resultaría nada novedoso reemplazar el nombre de una calle por otro. Además de los relacionados con la Guerra Civil, me constan otras muchas sustituciones en las que, por poner algunos ejemplos muy concretos y no exhaustivos, ha tenido un papel protagonista nuestra Santa Madre Iglesia. No hubo inconveniente a que la plaza de Calvo Sotelo o Circular pasara a llamarse de la Inmaculada; ni que la calle Ronda donde viví mi infancia y juventud, cambiase a favor del papa León XIII. Con motivo del VI Congreso Eucarístico celebrado en León en 1964, el nombre de C/ de la Canóniga Vieja y viraje de Guzmán el Bueno mudó al de Cardenal Landázuri, obispo de Lima. Más recientemente, gracias a un concejal de mucho empuje y poco cabello, se dio el nombre de una calle a la fundadora de la orden de las Pastorinas, la catalana Ana Mogas. Así mismo, no ha mucho se reemplazó el nombre de Carretera Alfageme por el de Agustinos de León, al ubicarse por ahí el colegio del lema «toma y lee». En esta mi pasión inútil porque se abra una calle al célebre oculista leonés y a contrapelo de la callada por respuesta del señor alcalde de la ciudad mesopotámica entre el Bernesga y el Torío, he soñado la siguiente noticia: «En tanto el Ayto. de León rehúsa abrir una calle a uno de sus prestigiosos hijos, el célebre oftalmólogo Enrique Salgado Gómez, la Iglesia le ha incoado proceso para elevarlo a los altares, al considerar milagroso que haya sacado de las lóbregas tinieblas a varios invidentes». Simbiosis perfecta de la religión al servicio de la ciencia y la ciencia al servicio de la religión. Amén.

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