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juan carlos franco
León

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La sabiduría popular seguro que nunca se medirá en un informe Pisa, pues para este tipo de estudios sólo es importante si nuestros hijos saben declinar el rosa rosae o si se lavan las manos después de ir a mear. Lo demás no importa. Y así nos va.

Ahora nos fiamos a pies juntillas de lo que dicen estos informes. Incluso para los que tienen mando en plaza en esto de la Educación son su catecismo. Y eso, pese a que arrojan siempre unos resultados, por mucho que nos hayamos aplicado en sus consejos anteriores, que nos lleven más a la flagelación que a la gloria. Todo lo que esté al margen de lo que dicten estos eruditos en la materia es baladí. Y así nos va.

Ahora todo lo que no se aprenda por la vía reglada es desechado. Y así no va. Lejos quedan aquellos años en los que los consejos de los abuelos eran dogma de fe. A ellos no les hubieran colado preferentes ni subordinadas. De hecho, el director de banco al uso que acudía al pueblo a pedir que abrieran una cartilla, en vez de tener sus exiguos ahorros bajo el colchón, se daba por bien librado si se volvía a la oficina de una pieza.

Desde aquellos tiempos, hemos ido relajando las costumbres. Nos hemos acostumbrado a no desconfiar de esos hombres trajeados, que ya no sólo no acuden a casa a pedir nuestro dinero, sino que se permiten el lujo de cerrar las oficinas del pueblo para que seas tú el que tenga que desplazarte para entregarles, confiadamente, las ganancias de la cosecha.

Por eso, entre que nosotros tenemos nuestras prioridades distraídas y que ellos se han pensado que un cliente es su cuenta corriente, la situación ha llegado a extremos que rayan lo obsceno. Sólo así se puede entender la colocación deliberada de productos como preferentes y otros similares. Sólo con la preocupación de cuadrar su cuenta de resultados o ganarse ese plus de comisiones por alcanzar objetivos se puede justificar la falta de escrúpulos, que ahora está saliendo a la luz, a la hora de captar clientes. Día tras día los juzgados están dejando en evidencia su mala praxis. Sentencia tras sentencia parece manifiesto que como ‘preferentes’ etiquetaron a los clientes que querían captar para esta campaña: mayoritariamente octogenarios, pero sin hacer escrúpulos a bebés de cuatro meses.

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Para que luego los del Pisa digan que no hay gente espabilada por acá.