EDITORIAL

Morir en la calle toca a la conciencia social

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León

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Ayer aparecía muerto a las puertas de un comercio un indigente de 63 años. Era un tipo conocido que frecuentaba, no mucho, los centros de asistencia social y que habitualmente dormía ahí mismo, en pleno Ordoño, o en el aparcamiento de San Pedro. No tenía nada que perder, salvo la vida, y amaneció sin ella tras una noche que no era la más fría de un perro invierno.

Hay en España entre cinco y seis millones de ciudadanos que no tienen trabajo y las personas que viven bajo el umbral de la pobreza ya son casi nueve millones y medio, un 28% de la población. Y eso sucede en un país desarrollado que acaba de abrir las puertas de un todavía poco esperanzador 2014. Tres millones de personas viven con menos de 307 euros al mes. Miles de ciudadanos, decenas de ellos en León, deambulan por las calles buscando algo que comer. Cáritas, los bancos de alimentos y otras oenegés no se dan tregua ante tanta demanda de ayuda.

No son los parados, esos ya lo eran desde el comienzo de la crisis, ni tampoco los desa-huciados por el impago de la las hipotecas. Son la casta de los perdedores, los recién llegados al pelotón de los nuevos pobres en una sociedad en la que los ricos son cada vez más ricos mientras la indigencia bate récords.

La situación es tan injusta que se ha convertido en una de las razones más poderosas del malestar ciudadano contra la clase política, ajena al drama que se vive en la calle. Pero este es un problema que nos concierne a todos. ¿Qué sociedad es ésta en la que se puede vivir de lujo o morir de miseria en la misma acera?

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