TRIBUNA

Alfredo Álvarez Cadórniga, aquel alcalde honrado

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José Antonio Fernández Llamas
León

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Farmacéutico de profesión, abrió botica en Burgo Nuevo (esquina con Gil y Carrasco). Costó un triunfo convencerle de la idoneidad del emplazamiento, pues, desde su rectitud moral, albergaba dudas sobre si se cumplía, o no, el requisito de distancia entre farmacias. El posible desfase no superaría los dos metros (sic).

Con una labrada fama de integridad — sirva el ejemplo anterior—, accede a la alcaldía de León, el 14 de julio de 1951. Sustituye a José Eguiagaray Pallarés, y permanecería en el cargo hasta el 14 de abril de 1958.

Durante su mandato, moderniza la ciudad: actuaciones en paseo de Papalaguinda y avenida de la Facultad de Veterinaria, remoción de la plaza de las Cortes Leonesas, construcción del mercado de ganados, etc. Pero su biografía de buen gestor queda absolutamente empequeñecida si, de nuevo, se compara con su enorme calidad humana.

Así, verbigracia, rechazó siempre el coche oficial. Y como no tenía carné, cogía un taxi que, claro está, pagaba de su bolsillo. Fue con ocasión de resultar elegida su hija Camino «Mis León» (quienes la conocían, saben bien de su belleza), cuando hubo de viajar a Valencia a las Fallas. La Corporación insistió en que hiciera uso de los medios municipales. Tampoco transigiría; pidió el favor a su amigo Marcelino Blanco, que los llevó en su Mercedes.

Como mal endémico de la vida pública, siempre existió quien se aupaba al poder para obtener prebenda. Y como a alguno de esos, aprovechando el «pelotazo inmobiliario» de un León que se extendía hacia el sur, se le ocurriera tentar al alcalde, él siempre respondía: «¡Usted, si quiere, cójalo! ¡Yo, no!» Ni siquiera aceptó la pluma con que autorizara las obras de Papalaguinda. «De ninguna manera», respondía.

Por último, analícese la cuestión de los reconocimientos. Que ya en el periodo democrático, se aprobó, por unanimidad, dar el nombre de Alfredo Álvarez Cadórniga a la Avenida de San Ignacio de Loyola y su continuación de la Magdalena. Fue el 8 de abril de 1976, cercana ya su muerte. El propuesto se negó en rotundo. Tampoco daría su visto bueno a una segunda posibilidad: la céntrica Joaquina Vedruna. Ni a un homenaje multitudinario, que rechazaría por carta.

Y recientemente, en la Navidad última, regalé a su nieto (también Alfredo) un «Programa Oficial de Ferias y Fiestas de San Juan y San Pedro, de 1956». En su tercera página, el saluda del Regidor Mayor: breve muestra de sentimiento religioso y «leonesidad». El nieto me lo agradeció mucho. ¡No! Muchas gracias a ti por recibirlo con tan sincero entusiasmo.

Y acordamos que si encontraba algo más del alcalde, te lo haría llegar. Pues bien: He sabido que, a semejanza de él, tú nunca quisiste figurar en pedestal alguno, por mínimo que fuera; he comprendido cuán cerca estaba su intachable comportamiento de tu no menos natural sencillez; y he soñado, al fin, que te ponían una placa en el cielo…junto a la de tu abuelo, junto a la de Camino (tu madre).

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Hasta siempre, querido amigo; hasta cuando, más allá de esta pena, los recuerdos devuelvan tu humilde existencia, tan contenida, tan serena, tan entrañable y luminosa.