TRIBUNA

La nogénesis reiterativa perjudica seriamente la salud

Publicado por
León

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Descartada en particular tanto la pérdida de memoria o amnesia postraumática, como la amnesia asociativa producto de un trauma psicológico o emocional, como también la amnesia lacunar o específica; en general, la amnesia es un fenómeno orgánico y funcional que afecta al ser humano con el paso de la edad. Cuando se manifiesta con toda su crudeza, la amnesia se convierte en enfermedad incurable que dificulta el recuerdo de datos previamente almacenados en el cerebro.

Pero hay otra amnesia que se combina con la anestesia. Es aquella en la que el sujeto paciente responde con silencios u olvidos reiterados, como si le hubieran mal administrado la dosis de cloroformo a sus palabras. La sintomatología más acusada es una especie de «nonitis» llamada por los técnicos «nogénesis reiterativa». Quienes la sufren suelen expresarse con automatismos ambiguos, lacónicos y repetitivos del tipo: «no sé», «no recuerdo», «no me consta», «ni idea». Previsiblemente, según los resabidos mal intencionados, lo hacen para evitar consecuencias no deseables o comprometedoras hacia su persona, patrimonio, familia, intereses, amistades, etc.

La memoria declina en el olvido como el cabello encana y enrarece en la bóveda del cerebro. Todo empieza cuando, por ejemplo, de repente, sin apenas darte cuenta, quieres pronunciar un nombre y, por más que te esfuerzas y echas redaños en el empeño, no te viene a la boca, porque previamente no te ha llegado a la mente. O como cuando guardas algo valioso y escondes en lugar más recóndito para resguardarlo embolsado como hace la procesionaria del pino. Manda la sabia naturaleza que ella así ha de protegerse del frío como el dinero o las joyas ha de estarlo en lugar seguro lejos del mirar ajeno. Hasta que vas a rescatarlo, y entonces: ¡maldita sea…, pero si…; juraría que…, estoy seguro de…! Y por mucho que despotricas y te desesperas, lo evidente es que se te ha borrado de la memoria la ubicación exacta del escondite. Cuanto más te apremia la voluntad para recuperar lo escondido, tanto más se te escurre del lugar, como una medusa en el fondo de la conciencia, imposible de captar y sujetar. Porque, aunque el objeto de recuerdo lo tengas vislumbrado entre la niebla —en la punta de la lengua acostumbras a decir—, ¡perdido y olvidado! Alguna vez, por eso de que la excepción confirma la regla, el esfuerzo de rememorar da algún fruto. Entonces, rebosante de euforia, te dices: ¡mierda, serás subnormal, tonto del haba, imbécil, merluzo, gilipollas…! —a veces no hay como recurrir a los clásicos—… pero si era de cajón! Y crees que tan sólo ha sido una accidental pérdida de conciencia. ¡Iluso, más que iluso…! Y vuelves de nuevo a los clásicos. Ante el siguiente e inmediato fracaso, pasas a mortificarte a golpes en la molondra, como cuando sacudes y aporreas la cabina de teléfono averiado creyendo que así ha de devolverte las monedas tramposamente engullidas. Y, en última y desesperada instancia, te devanas sin éxito los sesos para ver si tus neuronas destilan alguna argucia contra la amnesia que desfila victoriosa por el laberinto de tu cerebro.

El saber anestesiado o amnesia respondona es otra cosa. Andan los psiquiatras, psicólogos…, y los jueces, extraordinariamente preocupados por esta dolencia, que no es nueva, pero que está tomando un cariz muy singular por ser extraordinariamente contagiosa y afectar a personajes de ambos sexos socialmente encumbrados y coloreados de amplia gama: banqueros bolcheviques por sus números rojos; escayolistas de lo negro, famosetes de prensa amarilla; purpurados de azul alteza y altos ejecutivos grises de cultura que no de hartura. A todos ellos la maledicencia popular les reviste injustamente de un verde que te quiero verde, aunque, en realidad, atavían de morado y de rosita.

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De la noche a la mañana, los afectados de nogénesis reiterativa ven ingresada en su cuenta bancaria importante suma de dinero o registrada a su nombre una mansión suntuosa, y no saben, no tienen ni pajolera idea, cómo ha ocurrido, bien sea la esposa o el marido. Funcionan ambos como compartimentos estancos, pues ajenos a la economía familiar, el uno nada sabe de los negocios del otro. Se descargan de responsabilidad al no recordar nada sobre transacciones sospechosas que pudieran ser consideradas como delitos fiscales, civiles o criminales. También es común que no se acuerdan haber visto o tenido relación con determinadas personas, incluso aunque les adviertan que han sido sus compañeros de juegos, de colegio, de alcoba, de partido, etc. Lo verdaderamente grave de la nogéneis reiterativa es que no existe para ella, por ahora, remedio terapéutico eficaz. ¡Qué pena da ver el martirio de estas gentes! Destilan angustia por todos los poros, pues se las ve sudorosas y llorosas, haciendo ímprobos esfuerzos por responder. Porque el caso es que su voluntad no está debilitada por la dolencia. ¡Quia! Todo lo contrario. Quieren, se esfuerzan, ponen todas sus ganas…; pero no pueden, porque el fallo de la memoria es superior a la fuerza de recordar. ¡A uno se le parte el corazón! Lo terrible de su calvario es que ni siquiera saben que no saben y olvidan tan profundamente hasta llegar a ignorar aquello que más sienten. ¡Y que, no obstante, haya gente tan cruel que quiera para estos infelices repulsa y reclusión! ¡Es el colmo de la ingratitud! Porque, aunque negar sistemáticamente lo evidente puede dañar seriamente la salud, la honorabilidad y la economía de uno mismo y de los que están alrededor, no siempre se puede decir que el que lo hace, miente. No obstante, los facultativos de la Sanidad y de la Justicia han emprendido una campaña intensiva bajo el eslogan: «Decir «NO» puede perjudicar seriamente su salud». Por el contrario, decir a todo «SÍ» no suele acarrear problemas. Para quien suscribe, ni «SÍ» ni «NO». Si nos atuviésemos a aquello de Antonio Machado: «La verdad, no tu verdad, y ven conmigo a buscarla, la tuya, guárdatela», otro gallo cantaría.