León

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Viene la ministra de Agricultura y Medio Ambiente a pasear mañana por la vertiente leonesa de Picos de Europa, que es lo que hace la gente cuando decide entrar en el parque nacional por estas puertas que se le abren al cielo como las fauces de un lobo, porque para comer y dormir ya tienen sitios suficientes en Asturias y Cantabria. Se la anuncia con el ruido de fanfarrias que preceden cualquier movimiento político de estas características en la zona, donde en los últimos años, entre la visita que hará la sucesora de Arias Cañete y la que cursó Rodríguez Zapatero para regalarse un cameo con Jesús Calleja, se ha invertido más en el despliegue de seguridad de altos cargos que en la ejecución de infraestructuras o en la búsqueda de iniciativas de desarrollo económico. Una concesión más para la galería de turistas ilustres que firman en los libros de honor, sonríen en las fotografías asomados al quicio de la garganta del Cares y saludan a los paisanos que toman el sol en el poyo de casa o en la galería, cacha en mano por si se acercan demasiado, que nunca llevaron cosa buena por esas lindes quienes dan la mano blanda.

La entrada de Isabel García Tejerina en Caín se sucede después de que el otro día se despachara en El Norte de Castilla con una entrevista en la que amenazaba con «crear un plan directorio de caminos naturales para atraer gente al medio». Una de esas frases de laboratorio en las que lo mismo se puede traducir que quieren actualizar la guía Campsa para senderistas, que van a desbrozar las trochas como hicieron toda la vida los paisanos hasta que la ley de montes les convirtió en extraños o que la apuesta pasa por convertir el medio natural en un parque temático para señoritos, aventureros de salón y cazadores con Visa oro, como se consagra en cada normativa nueva que se publica bajo timbre de un organismo oficial y cada plan para la gestión de los recursos pensado para el lucro privado. Uno de esos modelos en los que se olvidan de que allí la gente tiene que vivir, como los lobos y los osos, dentro de un territorio en el que la naturaleza dicta normas y los usos y costumbres las mantienen invariables para que cada uno cumpla con su papel, en equilibrio, sin injerencias, como sucedía ya antes de que la banda ancha se fijara como parámetro para medir la igualdad de oportunidades. En Picos, cuando se quiere saber el tiempo que hará, se mira al cielo, no al móvil.

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