TRIBUNA
Sobre el proyecto arqueológico Castros de Laciana
E n los últimos días han aparecido en este periódico dos artículos relativos al ‘Proyecto de excavación y puesta en valor de los poblados castreños del Valle de Laciana’, un plan de intervención sobre el patrimonio arqueológico financiado con fondos Miner dentro del cual yo he ejercido las labores de co-dirección de las excavaciones arqueológicas. En ambos se ofrece una visión relativamente catastrofista de los resultados del proyecto e incluso se cuestiona la idoneidad misma de las inversiones, incorporando además la segunda de las noticias una serie de informaciones derivadas en parte de una entrevista que me realizó la periodista responsable de dichos artículos, donde se entremezclan datos verídicos con otros que son incorrectos, quizás por una errónea interpretación de mis palabras o —de manera más verosímil— porque yo no supe explicarme correctamente.
Nos encontramos en un momento de especial sensibilidad de la ciudadanía ante cualquier atisbo de mala utilización de los fondos públicos. Así, realizar afirmaciones que se no se ajustan a la realidad o dar explicaciones sesgadas puede provocar una tendencia en los lectores de realizar tabula rasa en lo referente a las críticas, sean justas o no, y generar un estado de ánimo singularmente negativo. Es en este contexto en el que, como responsable de la parte arqueológica y uno de los mejores conocedores de las vicisitudes que ha atravesado este proyecto, he considerado oportuno matizar una serie de cuestiones.
En primer lugar, es preciso recordar que el anteproyecto fue presentado en la primavera de 2003 por el Ayuntamiento de Villablino. Este documento planteaba diferentes actuaciones de investigación y puesta en valor con un presupuesto estimado de tres millones de euros. No fue hasta 2008 cuando la corporación municipal recibió la notificación de la aprobación del plan, si bien con una cuantía netamente inferior: un millón. El concejal de Cultura, en una decisión política y por lo tanto lícita —aunque a mi juicio desafortunada y cortoplacista— consideró oportuno acomodar la globalidad del proyecto al presupuesto disponible, de forma que habría que reducir las excavaciones arqueológicas y, como remedo del aula arqueológica, se resolvió adaptar el edificio de las antiguas escuelas de Rioscuro. Estas modificaciones fueron realizadas en contra de nuestra opinión técnica ya que implicaban renunciar a la posibilidad de obtener la financiación restante y en consecuencia, resignarse a la pérdida de una parte importante del proyecto, y por otro lado, utilizar unas antiguas escuelas como museo suponía alterar la integridad de un inmueble con un valor arquitectónico intrínseco. En cualquier caso, ello no implicó en ningún caso «multiplicar el gasto en la obra del museo» o «dar la vuelta a la finalidad de la subvención del plan Miner», como se afirma en la segunda de las noticias, ya que la distribución de los gastos finalmente establecida entre trabajos arqueológicos y obras de musealización fue similar a la que originalmente se había contemplado.
Bajo las nuevas coordenadas y con notables retrasos, el grueso de los trabajos se llevó en 2013 y el proyecto fue completado tanto en lo que respecta a los trabajos científicos en los yacimientos como en la construcción y dotación del centro de interpretación. Estoy de acuerdo en que el resultado final es mejorable y de hecho no hay que dejar de seguir trabajando en la dirección de ampliar y completar tanto las excavaciones arqueológicas como los instrumentos interpretativos que ayuden a la comprensión del fenómeno castreño comarcal. Pero ello no debe conducir al olvido del incuestionable efecto positivo que a corto plazo han tenido las obras realizada.
Por último, quiero tan sólo subrayar que bajo ningún concepto el proyecto ha implicado despilfarro. Hoy día los lacianiegos y los turistas tienen la posibilidad de ver de primera mano dos castros con notables ejemplos de arquitectura defensiva y doméstica que alcanzan los 2.700 años de antigüedad. Resulta evidente señalar que un proyecto como el que nos ocupa, no resolverá por sí mismo los problemas socio-económicos de la comarca. Pero quizás estemos más cerca de acertar si pensamos en decenas de pequeñas iniciativas como ésta que sirvan de base para construir un porvenir digno y sostenible para Laciana. En cualquier caso, siempre es mejor cabalgar que ladrar.