AL TRASLUZ
Tres chistes malos
No es posible teorizar sobre el humor y sus límites. ¿Hay algo más misterioso que por qué algo nos hace reír? A mí me hacen gracia ciertas palabras, independientemente de su significado. Cimborrio es una de ellas. Me hubiera gustado preguntarle a Freud el motivo pero no llegué a tiempo, se murió unos años antes de que uno naciese. Si llevo un mal día y la escucho o la leo enseguida paso a verlo todo en registro optimista, aunque no tanto como para creer que para mayo habremos salido ya de la crisis. Lástima que ya haya caído algo en desuso. Quizá el lector esté pensando: «a mí me pasa igual con Nabucodonosor». Pero ésta ya pertenece al vocabulario político, que funciona con reglas humorísticas aparte. Por ejemplo: a mí los nacionalismos, los mayúsculos y los minúsculos, me divierten precisamente porque su solemnidad me parece de cartón piedra, por ser antihumor me hacen reír. Con gran agudeza Chesterton advirtió que lo contrario a divertido no es serio, sino aburrido. Pues mi idea del aburrimiento es quedarme atrapado en un congreso de CiU. Por cierto, Podemos afirma que si gobiernan propiciará que los leoneses decidamos si queremos estar o no en la Comunidad. Ante esa declaración de intenciones, a la UPL no les queda otra que prometer que con ellos la sopa del cocido no se tomará antes ni después, sino de postre. Vale, ¿pero y a los que nos gusta el flan con nata?
Aunque el humor carezca de reglas, tiene verdades no escritas. Una de ella es que con los años prefieres reírte con los demás que de los demás. Y ello si no es posible, pues ríete de ti mismo, que te tienes más a mano. La mera burla es un recurso demasiado fácil, de matonismo escolar. Hay quienes se desternillan si te ven tropezar en Ordoño y romperte unas costillinas, pero si se caen y se las rompen ellos se ponen tremendos y gritan: «¡ay, ay, ay!», para hacerse los interesantes. Y corren, aunque sea cojeando, a poner una denuncia al Ayuntamiento. Listillos.
Con esta niebla londinense que nos envuelve paseamos como con miedo a que Jack el Destripador nos pregunte por dónde queda Patatas Blas. Así no hay quién ría. Pero ya se disipará. Además, un mal chiste lo tiene cualquiera. Incluso dos. Tres ya sería preocupante.