LEÓN EN VERSO
Invictus
D e la historia por fascículos de la política leonesa nos queda aquella del cacique que en vísperas de la campaña electoral y en pleno ejercicio de acercarse a la gente dio con sus huesos en una sala de cine que proyectaba Invictus . Tan grande resultó el impacto del film en el candidato local que no esperó a compartir sus emociones presuntuosas en una red social: Soy el capitán de mi alma, soy el dueño de mi destino, escribió atacado por ese acceso de emociones de la película que trazaba una parte de la resistencia estoica del presidente sudafricano. Pudo calcular el aspirante que la cita le iba a reportar reconocimiento entre la población, en aquel plan piloto fallido que fue intentar ganar la elecciones por facebook. Olvidó en esa transición ilusa que imitaba a Morgan Freeman, en vez de a Mandela, cautivado por el halo de solemnidad que envuelve las salas de proyección, y que los versos que hizo suyos no eran ni siquiera del represaliado Madiba, sino de William Ernest Henley, fuente de inspiración de épica y episodios de superación personal que no se correspondían, tampoco, con la atrabiliaria biografía del personaje. Ni su oratoria era de la Demóstenes ni su prosa la de Churchill. El relato de la vida pública devuelve a sus figurantes leoneses a ese punto en el que cada cuatro años vomita almas con el síndrome de abstinencia de la relevancia que dan las urnas. Puestos a fusilar ideas, mejor sería que eligieran aquel fotograma del joven Alejandro Magno que consultaba la visión cenital de un águila para saber si los dioses le eran propicios para la batalla mientras engullía el imperio Persa. O antes de meterse en la harina del cuerpo a cuerpo, ofrecer un buey en sacrificio, ahora que vuelve el ciclo del castrato, de acuerdo con las costumbres de las culturas mesopotámicas en un gesto siempre agradecido y jaleado por la muchedumbre. En el intento de epatar al votante, no le conviene al candidato excederse en la comparación y dejar las vergüenzas de la ignorancia al aire. Resulta más cómodo agenciarse un periodista dócil que introduzca en la escena las cuestiones que benefician al patrocinador. Siempre positivo, aunque las ruinas devoren el entorno. La mesura que conviene a estas alturas de la contienda, con mayo a vuelta de las nieves, es un punto de conexión con la realidad, que recuerde a los guerreros que lo suyo no tiene nada de inmortalidad. Que es cosa de la impunidad.