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PEDRO VICENTE
León

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A poco más de dos meses de su celebración, las elecciones municipales y autonómicas se presentan más reñidas que nunca. Y eso constituye de por sí una buena noticia. El fuerte descrédito que se ha ganado a pulso la clase política dominante entrañaba el riesgo de una desafección ciudadana conducente a una fuerte abstención que ensanchara aún más la sima entre representantes y representados. Por fortuna, parece que eso no va a ser así.

Con todos los defectos que se quieran achacar a Podemos, una de sus indudables virtudes ha sido la de ofrecer un nuevo cauce que rescata a una significativa parte de ese electorado escéptico, que, decepcionado con todos, había optado por dar la espalda a las urnas. Y el mismo mérito cabe atribuir a la otra gran fuerza emergente, Ciudadanos, que, según los sondeos, estaría atrayendo a antiguos votantes del PP que en las pasadas elecciones europeas decidieron quedarse en casa.

Aparte de taponar la que podía haber sido una hemorragia abstencionista, la fuerte irrupción de estas nuevas opciones conlleva otro efecto muy saludable para regenerar el anquilosado sistema: La diversificación de la oferta electoral —hasta ahora demasiado constreñida al bipartidismo imperfecto imperante desde la transición— va a poner muy cara la consecución de mayorías absolutas. Nadie dice que éstas sen malas «per se», pero está empíricamente demostrado su deslizamiento hacia abusos de poder que a su vez abonan el caldo de cultivo de la corrupción.

El hecho es que no se recuerda una competencia por el voto como la que rodea la doble cita electoral de 24 de mayo. De repente, el PP y el PSOE han visto invadidos sus tradicionales reservorios electorales por otros partidos que les disputan votantes por ambos flancos, al punto que los últimos sondeos ya dibujan una suerte de cuatripartidismo compartido con Podemos y Ciudadanos. Añádanse a las cuatro formaciones citadas IU, UPyD, Vox, así como las opciones «autóctonas» en los ámbitos autonómico, provincial y local, y tendremos que nunca el ciudadano había tenido ante sí un menú tan amplio y variado donde elegir. Ello, junto a la incertidumbre que rodea a los resultados, estimula, y mucho, la participación en los próximos comicios.

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Las urnas y la ley D’Hondt, que deja fuera a todo aquel que no alcance el cinco por ciento de los votos válidos, determinarán el grado de fragmentación del nuevo mapa político, que en todo caso se vislumbra bastante más diverso y plural que el actual, donde las opciones se habían reducido a sota, caballo y rey. El juego se presenta ahora mas repartido que nunca y la baraja contiene comodines que serán determinantes allá donde las actuales mayorías absolutas salten por los aires. Que a priori parece que va a ser en no pocos sitios.