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Ricardo Magaz Profesor de Fenomenología Criminal de la UNED y escritor
León

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S e puede decir sin temor a exageración que el Camino de Santiago es la calle mayor de Europa. Así lo consideró la Unesco en 1993 designándolo Patrimonio de la Humanidad. Roma, Jerusalén y Compostela son, por este orden, los lugares del planeta más visitados por peregrinos cristianos y toda suerte de turistas de cualquier confesión que acuden atraídos por sus recursos culturales y religiosos.

Aunque pueda juzgarse banal, lo de menos, a mi modesto entender, es la cuestión de si las reliquias que yacen en la cripta son del apostol, del obispo herético Prisciliano o de un paisano del pueblo de Camilo José Cela donde hace más de mil años el monje ermitaño Pelayo creyó descubrir prodigiosamente los huesos de Santiago el Mayor, decapitado en Jerusalén hacia el año 44 por mandato de Herodes Agripa.

En efecto; acaso la titularidad de la osamenta descabezada sea lo de menor enjundia porque quien hace el Camino por razones de fe no necesita más aditamentos, y quien lo transita por cultura, por historia, por naturaleza, por encontrarse a sí mismo, por llegar al finis terrae castreño y romano, o por otras causas, le es igual. El Camino ya existía antes de nuestra era. Luego tomó su nombre durante la Reconquista transformando al patrón en intrépido Santiago Matamoros y ahora forma parte de nuestro bagaje cultural. El meollo, tanto para unos como para otros, es el que es: una impresionante travesía reflexiva y de encuentro.

Dicho esto, vayamos a lo más importante del análisis ¿Se puede dar seguridad en unos itinerarios rurales de miles de kilómetros a Compostela? Sí. Se puede y se debe. Es obligación de la Administración. Y en líneas generales así es, salvo excepciones, porque no existe, ni creo que existirá nunca, el concepto de seguridad total. Me refiero a la inquietante desaparición de la peregrina estadounidense Denise Pikka Thiem hace apenas un par de meses cuando recorría la senda jacobea por la zona de Astorga, y cuyo caso ha sido ampliamente difundido por los medios de comunicación de todo el país con la lógica preocupación que el suceso ha causado. En el momento de escribir este artículo, el asunto se encuentra en fase de intensas investigaciones policiales y no hay ninguna razón objetiva para pensar que no se resuelva. Otro tema distinto es el desenlace de un hecho que, admitámoslo, las hipótesis de trabajo son a priori poco optimistas.

Muchos monjes del medievo que viajaban hacia la tumba del apostol escribían libros al regresar a sus monasterios, como el clérigo alemán Hermann Künig Von Vach en 1495. Lo hacían fundamentalmente con dos propósitos: indicar los trayectos menos ingratos y advertir de los picaros que rondaban la ruta. Los hubo en el medievo (pícaros) y los sigue habiendo bajo otros sinónimos delincuenciales. Ígual que los hay en la Puerta del Sol o en la cola del Louvre de París. Va con la condición humana transgresora. Pero seamos claros, un carterista o un tramposo carecen de motivos de peso para cometer un homicidio o un secuestro.

Los datos oficiales, y por su credibilidad los recopilados sobre el terreno por las asociaciones jacobeas de los diversos ramales santiagueños, revelan que la tasa de criminalidad que tiene lugar en el Camino (faltas o delitos) es notoriamente más baja que la de cualquier otro itinerario a pie, en bicicleta o en automóvil, teniendo en cuenta los doscientos mil peregrinos de todas nacionalidades que marchan a Compostela anualmente. Sucede, sin embargo, que la caja de resonancia del Camino le confiere un efecto amplificador por la propia leyenda fantástica que arrastra desde tiempos inmemoriales. Es su grandeza y a la vez su servidumbre.

El Camino ha dado numerosísima literatura y cine de género, incluidas historias negras, policíacas, de thriller, de suspense y por supuesto de fantasía. Paulo Coelho se consagró mundialmente con su Peregrino de Compostela , situando los pasajes más emblématicos precisamente en la aldea semiderruida de Foncebadón, al lado de la colina de piedras de la Cruz de Ferro en el Monte Irago, no muy lejos de Astorga, donde el protagonista se juega la vida. Autores internacionales de renombre han vendido igualmente un descomunal número de ejemplares con sus best sellers de intriga. Otros muchos hemos aportado asimismo nuestros libros desde perspectivas más antropológicas.

Con todo, la literatura novelada es literatura y la realidad…, pura realidad. La cuestión está en verla tal cual. Millones de peregrinos de todas épocas han llegado en su singladura a Compostela sin mayores problemas, salvo sus pies cansados por un viaje extraordinario que tiene la virtud atávica de hacer a todos iguales.

En resumidas cuentas, el miedo es libre y muy humano pero, sinceramente, con la estadística encima de la mesa resulta más seguro andar por cualquiera de los caminos a Santiago que tomar el coche por la N-VI Madrid-Coruña, verbigracia. Ahora bien, como se dice en criminología, la seguridad tiene su cuota de riesgo.

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Quede constancia del anhelo unánime para que la peregrina norteamericana Denise Pikka Thiem aparezca sana y cuanto antes. Por ella, por su seres queridos angustiados y por el Camino de reflexión y encuentro.