Publicado por
Jesús María Cantalapiedra. Escritor
León

Creado:

Actualizado:

A lgo tendrá el toro, para bien o para mal, cuando el rumiante bóvido es citado exhaustivamente en la mitología griega. En ciertas culturas, asimismo, lo ofrecían como sacrificio a los dioses. Es posible que les gustasen tales astados para sus saraos. Pero, de eso hace miles de años. Hoy nadie piensa en historias mitológicas. Hay asuntos más importantes en los que ocupar la mente. Muchos.

Sin embargo, es curioso, en España tal animal, forma parte de uno de los identificativos con los que se distingue este país: toros, toreador, sol, tapas, paellas, flamenco, etcétera. El propio Antonio Machado precisaba más y añadía (citando a un famoso torero de la época): «La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta». Aunque nos pese, e intenten hacernos ver que ya no es cierto. Mucho se teme que, con distintas formas seguimos en las mismas, aunque el escritor publicara tal letanía a principios del pasado siglo. Abundantes coetáneos se atreven a denunciar que somos más lentos que la Santa Iglesia Apostólica y Romana. Nos cuesta indecibles esfuerzos limpiar los fondos, aunque las formas cambien en apariencia.

Personalmente, siempre que no los tenga a diez metros de distancia, los toros me importan tanto como los unicornios, los basiliscos, las hidras, los centauros, los grifos o los gamusinos. Así y todo he asistido a tres o cuatro corridas. La primera de ellas en la a rebosar plaza de Las Ventas de Madrid.

Un conocido periodista me regaló la entrada, y allí fui para ver de qué se trataba aquello. Me correspondió un asiento en una de las últimas filas del tendido siete, el de los «entendidos». Cierto es que más me dedique a observar las discusiones de éstos, que a mirar la arena de color amarillo albero y lo que allí sucedía, hasta que mis vecinos comenzaron a pasarme bocadillos enormes e, intermitentemente, una bota de vino. Fue una fiesta nacional. El jamón y el lomo, compatriotas de los que te podías fiar. Salí de allí sin enterarme del espectáculo, pero con muchos amigos. ¡Qué gente! Sí me extrañó que los ternos de los toreros que se jugaban la vida, tenían un cierto aire afeminado. Curioso.

Ya en la calle Alcalá presencié varias algarabías y enfrentamientos entre taurinos y anti taurinos (más bien anti taurinas). Tampoco entendí la función representada por unos y otros. ¿No estábamos en democracia? ¿Por qué los dos bandos no respetaban los gustos o disgustos del oponente? ¿Por qué aquellos insultos graves entre contrincantes?

Me fui hasta el hotel meditando lo visto y acordándome del jamón y el lomo; principalmente de la trifulca y consiguiente aparición de la contundente policía. En mi ignorancia pensaba: ¿Te gustan los toros? Vete. ¿No son de tu agrado y consideras cruel la llamada «fiesta»? No vayas.

¿Es que hay escraches violentos ante una fábrica de armamento para matar hombres, personas? ¿Hay conferencias y discursos en defensa de las municiones utilizadas? No se trata de hacer demagogia, pero a ver si sentamos la cabeza. Todos. Y otra cuestión escabrosa: las fiestas estivales de pueblos y aldeas con toros y becerros como protagonistas.

Cargando contenidos...

La Fiesta Nacional anda entre cuernos. Este verano nos ha costado once muertos. ¿Y la brutalidad del Toro de Vega en Tordesillas, donde centenares de caballeros (montan a caballo) acorralan al animal sin posibilidad de defensa regulada?