LA GAVETA
El Bierzo catalán
L os gerifaltes del franquismo solían decir, cuando se asomaban al Bierzo, que la comarca era la Cataluña de la provincia de León. Se dio la circunstancia de que alguno de estos gerifaltes eran catalanes, y sus palabras, claro, aún tenían más legitimidad. Éramos los catalanes de León porque en el Bierzo vivíamos en una hermosa furia industrial. Basada en el carbón de tantos valles mineros; en la electricidad de los embalses y las térmicas, y en el hierro de los cotos Wagner y Vivaldi, aquellos nombres que tanto nos sorprendían a los niños y que luego supimos que, curiosamente, coincidían con los de dos grandes músicos. Aunque para nosotros, los genuinos eran los nombres de los cotos. Explotaciones abandonadas desde hace décadas; triste ópera inacabada del músico alemán; o melancólico concierto casi desconocido del veneciano.
Éramos catalanes, nos lo creíamos. Frente a un León/Madrid, lleno de burócratas y teóricos, de gentes más urbanas y convencionales, el Bierzo/Cataluña ofrecía su vigor obrero, su cosa del Bajo Llobregat, sus líderes comunistas infiltrados en talleres y tajos, sus curas rojos. Nos creímos tanto esa metáfora territorial que hasta sentimos oír hablar en catalán alguna vez por las calles. Sobre todo en la del Cristo, donde había un enorme negocio bazar que se llamaba Galerías El Catalán.
Aquella Cataluña del Sil tenía 145.000 habitantes y hoy unos diez mil menos. Es decir, en medio siglo el Bierzo habrá perdido no menos de cuarenta mil personas si hacemos una muy prudente extrapolación. El Bierzo dejó de ser la Cataluña leonesa, y dejó de representar la mitad o más de la riqueza provincial. Fue un gran batacazo.
Una vez liquidado el mito de la Cataluña de León, mito que tenía sus antecedentes en la «Nueva Vizcaya» que había pronosticado el bilbaíno don Julio de Lazúrtegui un siglo atrás, el Bierzo ha tenido que buscarse la vida. De otro modo.
Una vez liquidados los cotos Wagner y Vivaldi, una vez liliputizada, por así decirlo, la minería de las antracitas de Fabero, las hullas de Laciana y el Sil, una vez jibarizado el poderío hidráulico y térmico, los bercianos dejaron de ser catalanes y se volvieron más bercianos que nunca. Tradición y lucha. Apertura y raíces.
La nueva energía empieza a notarse en infinidad de campos. Agroalimentario, turístico, etc. Aunque falta el colofón tecnológico. El Bierzo es hoy una sociedad en reconstrucción. Con dolor y osadía, con rigor y talento. Pero no podremos despegar sin dos requisitos que dependen del gobierno central: una lanzadera hacia el AVE, cuyos trenes están a punto de llegar a León; y la autovía con Orense. Sin ambos y sendos logros, nos va a ser difícil desplegar todo lo que tenemos. Para poder salir de la profunda crisis; para poder ser, con fuerza y esperanza, el Bierzo de España, que no la Cataluña.