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PEDRO VICENTE
León

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L os abominables ataques yihadistas de París han dejado en suspenso unos días la intensa precampaña de las próximas elecciones generales. No podía ser de otra forma, dada la conmoción ciudadana que ha producido en España un episodio con tantas concomitancias y similitudes al vivido aquí el 11 de marzo de 2004.

Con anterioridad a la masacre parisina, el debate electoral en torno a unos comicios que se consideran especialmente transcendentales no estaba discurriendo por los cauces más deseables. Otro factor sobrevenido (al menos en su actual dimensión), cual es el desafío independentista lanzado desde Cataluña, se había convertido en el elemento nuclear del debate, dejando en un segundo plano todo lo demás que está en juego. Para empezar, algo tan capital como el objetivo y alcance de una reforma constitucional —a mi juicio inaplazable— que ha de abordar profundos cambios institucionales mucho más allá de buscar un nuevo encaje al problema catalán.

Al margen de la llamada «regeneración democrática», cuestiones como el futuro del llamado Estado de Bienestar y sus grandes pilares (Sanidad, Pensiones, Educación, prestaciones por desempleo), las políticas de empleo y el marco laboral, el acceso a la vivienda, la reforma y despolitización de la Justicia, el modelo energético, la fiscalidad y el sistema financiero, el reto demográfico y otras «minucias» de las que depende al calidad de vida -y en algunos casos, la vida misma- de los ciudadanos.

Otro factor que ha contribuido a desviar la atención sobre lo fundamental ha sido el espectáculo de los fichajes políticos, esa frívola competición en la que han entrado casi todos los partidos, especialmente el PSOE y Podemos, que han entrado en una carrera un tanto infantil por ver quien fichaba al candidato mas impactante.

Por suerte, el PP, que en elecciones precedentes ha incurrido en lo mismo, esta vez tenía que administrar la escasez y no estaba precisamente como para regalar puestos en las listas a simpatizantes sin carnet. Además de contribuir no poco a banalizar la política, el prurito de los fichajes ha asestado un nuevo golpe a la ya de por sí escasa credibilidad de las primarias.

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Ya sé que es mucho pedir, porque de hecho no ha sucedido nunca, pero sería deseable que los elementos distorsionadores desparezcan del primer plano, de forma que en el mes que falta para acudir a las urnas se abra paso un debate sereno y tranquilo sobre las propuestas que ofrecen las distintas fuerzas en liza sobre las cuestiones fundamentales que se dirimen en unas elecciones generales. Iremos viendo.