TRIBUNA

El ocio en la vejez, el mejor antidepresivo

Publicado por
Manuel Arias Blanco profesor jubilado de Secundaria
León

Creado:

Actualizado:

E s triste llegar a viejo, aunque tal vez sea más triste no llegar, dirán otros. Lo cierto es que los achaques salen a flote con el tiempo y todas las correrías de la juventud afloran visible e ineluctablemente. Aquel que se ha pasado durante la juventud abusando de ciertos «efluvios» ahora, en sus postreros años, está padeciendo tales abusos. Y esto no es echar tierra sobre los placeres de la vida, sino pedir comedimiento en todo momento. No hay como la moderación y el sentido común, válidos en todo comportamiento humano.

Para vivir así vale más no morirse nunca, decimos a menudo. Lo decimos con tinte irónico, ya que solo en momentos de euforia sale a liza tal frase. Pero si utilizamos la frase literalmente podemos afirmar que llega un tiempo en el que estamos de más. Ya nada pintamos si nuestro tren de vida está en estrecha dependencia con los demás. Si ya no disfrutamos de casi nada, qué hacemos aquí. No en vano algunos apelan a la eutanasia como una forma digna de irse. Sobre todo si el dolor nos impregna y lo que nos rodea nos da de lado, apenas hay incentivos para seguir.

Pero quisiera ser positivo y optimista. Por eso ahora, en la juventud, tenemos que fomentar los hábitos suficientes como para que llegados a una edad avanzada los pongamos en órbita. Eso hay que crearlo desde mucho antes, porque no se improvisan. Está bien el alterne y el encuentro con amigos mientras podamos, pero un día no tenemos esas facilidades y nos quedamos solos en casa, ¿qué hacemos? Nos viene la soledad de golpe y nos envuelve con su manto negro y no sabemos qué hacer, más que mascullar en silencio la soledad más absoluta. Nuestros sentidos están mermados y nos cansamos pronto con el entorno. Queda sentarse y esperar el aburrimiento más absurdo. Hay gente que pasa años sentada en el sillón con la vista perdida y un continuo murmullo en la cabeza. ¡Qué atroz!

Hay que fomentar ocios desde la juventud. Uno de ellos, quizás el más valioso, sea la lectura. Es un entretenimiento placentero e instructivo, pero que debe adquirirse desde muy pronto, porque si no no crea hábito. Pero hay muchos más: la radio, las labores manuales, el deporte, la tele en pequeñas dosis… Estas aficiones tienen que forjarse desde niño. Después, en la vejez y en la soledad, pueden acompañar de manera ejemplar. Con ellas matamos el aburrimiento y nos evadimos momentáneamente de los problemas que nos rodean. La vejez nos espera en condiciones de no caer en la desesperación y la soledad más absolutas. Cierto que la compañía de los otros nos consuela y gratifica, pero, en ocasiones, estas aficiones nos levantan el ánimo con más pujanza que la mejor medicina.

Posiblemente, como dije en algún artículo anterior, debería existir un centro parejo al hospital donde se pueda atender a gente con incapacidades de cierta gravedad. Sería sostenible, ya que la pensión iría a costear estos gastos. Ahora corre a cargo de empresas particulares con ánimo de lucro y está abierto a poca gente. Pero la dignidad está por encima de todo lucro. Y si bien el que atesore en buena lid una sustanciosa renta pueda retirarse a residencias como si fueran lujosos hoteles, los demás, los que están a la cuarta pregunta o viven dignamente de una pensión podían tener en sus últimos días el retiro de una atención respetable. Eso solo se consigue haciendo edificios anexos a los hospitales.

Cargando contenidos...

Nunca debe ser un lujo vivir dignamente los últimos años. Lo mismo que apelamos a la vivienda y al trabajo como pilares insoslayables, tenemos que aferrarnos a una vejez digna y confortable. Una vejez enriquecida por el ocio día a día amasado desde la niñez.