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CUARTO CRECIENTE CARLOS FIDALGO
León

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H ace doscientos años el mundo no tuvo verano. Todo el planeta venía de sufrir un invierno severo, había nevado en el sur de México y en Guatemala, la escarcha había estropeado las cosechas en primavera y Europa, que todavía no se había recuperado de las guerras napoleónicas, pasó hambre.

Aquel verano sin verano llovió más de lo normal, fueron frecuentes las granizadas, los aguaceros torrenciales y en algunas partes del globo, el horizonte se oscureció durante días y lo envolvió todo en una penumbra inquietante. Cuentan que el cielo enloqueció y dejó estampas de colores imposibles. Amaneceres atormentados, crepúsculos sangrientos que inspiraron la pintura de Turner.

Y engendraron un monstruo.

La culpa la tuvo un volcán. La erupción del monte Tambora el año anterior expulsó a la atmósfera un millón y medio de toneladas de polvo. La luz del sol se redujo y el planeta sufrió una bajada de temperaturas, una pequeña edad de hielo que desconcertó por igual a los granjeros de Nueva Inglaterra, donde el precio de la avena se multiplicó por ocho debido a la escasez, y a los campesinos que cultivaban arroz en el sudoeste de China, donde se extendió la hambruna.

El año sin verano, justo hace dos siglos ahora, un grupo de escritores —Lord Byron, John William Polidori, Percy Shelley y su esposa Mary Wollstonecraft Shelley— se reunieron a las orillas del Lago Leman, en Suiza, donde el gobierno había declarado la emergencia nacional. Por las noches leían historias de terror, relatos de fantasmas y poemas truculentos al calor del fuego, sugestionados por la atmósfera irreal que les rodeaba en Villa Diodati. Y fue en aquel palacete porticado, refugiados de la lluvia y las tormentas, donde Mary Shelley alumbró una novela escalofriante con el personaje más abominable jamás creado por la imaginación humana, se ha dicho; Frankenstein.

Frankenstein. El moderno Prometeo.

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Y el eco de su nombre, de aquella criatura que desafió a las leyes de la naturaleza, todavía se escucha doscientos años después, este verano sacudido por el terrorismo, en el que hemos descubierto que el peor monstruo, el más sanguinario, hace daño a diario y no está dentro de las páginas de ningún libro.