TRIBUNA
José Francisco Fontecha Inyesto: amigo Paco
A tareados por lo urgente del día a día se nos pasa desapercibido lo que de verdad es importante, el cuidado de las relaciones que nos vinculan a las personas que nos acompañan y enriquecen, que nos ayudan en la tarea personal, exclusiva e ineludible, de dar forma a esa suprema obra de arte que es nuestra propia vida. Sólo cuando nos faltan sentimos el vacío irremplazable que han dejado. Este cuidado adquiere una dimensión más amplia cuando las personas desbordan significativamente los límites de la familia o de la amistad. Es entonces cuando se hace obligado un público reconocimiento de su valía para que la palabra y el testimonio de los mejores sigan iluminando el camino que hemos de recorrer también en cuanto comunidad. Es el caso de José Francisco Fontecha Inyesto, Paco para los amigos.
Veía la luz primera en León el 16 de junio de 1932 y al tercer día del alumbramiento perdía la vida su madre, Trinidad. Su tía materna, Asunción, lo cuidó con cariño de madre. Pasó la niñez en Buenavista de Valdavia (Palencia) y en los inicios de su adolescencia vuelve a León para comenzar el Bachillerato en el colegio de los PP. Agustinos. Estudia Filosofía en la Universidad Pontificia de Salamanca y Teología en la Gregoriana de Roma. Al finalizar la licenciatura, el 19 de marzo de 1957 fue ordenado sacerdote por el papa Pío XII.
Cursa el doctorano en Filosofía y trabaja en su tesis bajo la dirección de Joseph de Finance, profesor de la Gregoriana. El título de la misma sería Actitud filosófica y filosofía de Emmanuel Mounier . Durante estos años, organiza la Biblioteca especializada Emmanuel Mounier en el centro Esprit de Chatenay-Malabry. El libre acceso a la misma, facilitado por la amistad de su viuda, le permitió redactar la bibliografía de sus escritos en Oeuvres d’Emmanuel Mounier, Paris 1963. Esta circunstancia y su capacidad de trabajo hicieron de Paco el mejor conocedor de la filosofía del personalismo en su época.
Una serie de circunstancias adversas le obligaron a aplazar sine die la presentación de la tesis. El obispo Almarcha, en contra el parecer del director del Colegio de España en París, Joaquín Pérez Villanueva, decidió su retorno a León, nombrándole coadjutor de la parroquia de San Martín en 1963 y profesor del Seminario Mayor de San Froilán. En 1965 deja la coadjutoría, cuando el obispo de Astorga, Marcelo González le nombra profesor del seminario mayor de aquella Diócesis, cargo que ocupa hasta que don Marcelo se va a Barcelona en 1967. En una cariñosa carta le dice a Paco que renuncie al cargo para facilitar la libertad de acción al nuevo obispo, Antonio Briva. Y termina con un deseo: «Que en León logres ver pronto horizontes amplios y prometedores». ¿Es que no los había?
La frase revela el conflicto que Paco estaba sufriendo y del que daba cuenta a don Marcelo en busca de apoyo y consuelo. Su esmerada formación intelectual en el horizonte parisino, el de mayor amplitud y libertad de mediados del siglo pasado, no encajaba en la diócesis leonesa de aquellos años. Recurriendo al símil evangélico, el celemín pretendía ocultar la luz de la vela.
Paco quería una Diócesis con un clero culto y unas estructuras diocesanas, cauce de diálogo y de participación en la toma de decisiones. Por ello, con otros dos profesores, se atrevió a presentar un documento al obispo proponiendo un plan de renovación integral para el Seminario. Las consecuencias de tal atrevimiento no se hicieron esperar, más graves para Paco. Sus clases de Metafísica pasaron a otro profesor y el 12 de septiembre de 1968 fue cesado definitivamente, quedando sin empleo y sueldo.
Su amigo y confidente, Antonio González de Lama, bien informado acera del acontecer diocesano, le hizo saber que el verdadero motivo de aquel despropósito era que le culpaban de implicación en la ‘operación Moisés’. Ya al terminar el bachiller le había aconsejado: «tú que puedes, márchate de aquí». En esta ocasión le confirmaba la evidencia: «Te pasa esto por haber venido (de París). Ya te dije que no vinieras». Nada tenía que ver Paco con dicha operación; pero buena prueba de la sospecha sería la llamada a declarar en comisaría y la retirada del pasaporte, que recuperará en 1971.
En 1974, su salida de León le brindó la oportunidad de integrarse en otros ambientes más abiertos y dinámicos. El primero es Salamanca, donde se hospeda en el Colegio de El Salvador. De nuevo junto al amigo Setién. Imparte clases de Filosofía en el Seminario de Vocaciones Tardías durante cinco cursos (1968-1972). Su otro amigo Fernando Sebastián Aguilar, rector de la Universidad Pontificia, lo contrata como profesor de Filosofía. En 1983 regresa a León ya con Fernando Sebastián como obispo. Se centra en la formación del Seminario Mayor hasta que le sorprende la muerte cuando se dirigía a dar clase el pasado 17 de mayo. ‘Sus’ seminaristas perdían al profesor que «enseñaba con el corazón, con la pasión de la vida, con la libertad y el compromiso», en expresión de X. Picaza. Ponía así broche de oro a una vida dedicada intensa, apasionadamente, al servicio de la Iglesia, en el sentido más auténtico.
Recurría Paco al símil taurino: «siempre me ha impresionado mucho la última imagen de cada toro de la corrida buscando las tablas del ruedo antes de morir. Así he vuelto a León y a mi casa». Y es que Paco no se limitó a lidiar en las aulas. Participó apasionadamente en la renovación de la Iglesia y de España en momentos muy delicados del posconcilio, siempre fiel al ideal de libertad, de diálogo y de una propuesta humanista del cristianismo.
De la mano de José María Setién Alberro y de Enrique Freijo Balsebre, profesores de Derecho y de Psicología respectivamente de la Universidad de Salamanca, y con el visto bueno de Fernando Sebastián, asiste a las primeras reuniones de la revista Iglesia Viva .
Se incorporó también al Instituto Fe y Secularidad, fundado por la Compañía de Jesús en 1967, anexo a la Pontificia de Comilla. Dirigido por Alfonso Álvarez Bolado y José Gómez Caffarena, realizó una gran labor de acercamiento entre sectores sociales distanciados y mantuvo el diálogo con los más altos representantes del pensamiento secular en España. Paco tuvo una intervención muy destacada en la organización y desarrollo de la asamblea conjunta de 1971. Suya es la parte teórica de la Ponencia I, Iglesia y mundo en la España de hoy . En la ponencia figuraban Juan Alemany, el obispo Antonio Añoveros, Felipe Fernández y José Luis Martín Descalzo entre otros.
A pesar de que daba una primera impresión de persona distante y ajena a los sentimientos, lo cierto es que Paco era profundamente emotivo, muy agradecido a la más mínima muestra de afecto, amigo de sus amigos y solidario siempre.
De su excelente sentido de la amistad da fe este párrafo que extraigo de su carta de despedida de Iglesia Viva: «He ido recorriendo un largo camino, el de mi vida, que se ha ido orientando progresivamente hacia el retiro y la soledad. Y, disminuido e interiorizado cada vez más, me acurruco en mí mismo. Sin embargo y afortunadamente puedo vivir en una casa muy confortable —abierta a cualquier amigo que quiera venir— y desde aquí sigo alimentando la ilusión de ir consiguiendo poco a poco un doble objetivo: 1) olvidarme de los sufrimientos y decepciones del pasado y 2) acrecentar de cara al futuro mi gratitud hacia los amigos que me queden, muy consciente por otra parte de que los últimos serán los verdaderos». Testigos de este sentido de profunda amistad son la familia Duato, de Valencia; la familia Bernad, de Madrid; los Elosúa y los Martínez de León, que siempre fueron para él apoyo incondicional. Y lo son también los sacerdotes con quienes colaboró en los más variados campos.
Sus escritos ponen de manifiesto las convicciones que le guiaban en la realización de su vida personal y le estimulaban en el afán de ser él mismo, lejos de toda tentación de aparecer o figurar: «Mi vida continuará siendo una lucha por mantener la libertad de pensamiento y de acción, dentro de la fidelidad a la categoría de coherencia». Encontramos la explicación en Sentido humano de la Filosofía, Lumen 1967. Allí afirma que la Filosofía consiste en encontrar en la verdad la propia verdad personal. «No es posible —dice— esforzarse en palpar la verdad y vivir luego de espaldas a ella. Cuando el espíritu toca la verdad necesita inexorablemente vivir en ella y de ella, convirtiéndola desde entonces en su verdad». ¿Y si el medio no acepta la verdad que se ha hecho verdad personal? Entonces no cabe más que la angustia, que traducirá la individualidad de nuestra presencia en el mundo, o la adaptación, que supone la pérdida de la substancia personal. Paco optó por la primera y sufrió cuando no encontró el diálogo necesario o el debido respeto por sus convicciones personales.
Ahora vive todo el insospechado contenido de lo que un día escribió: «la actitud cristiana ante la vida, vista desde su ideal más puro, consiste en la donación liberal a todos los demás, por ellos mismos, sin espera de compensación alguna (…) a costa de la propia vida». Y así lo practicó. Descanse en paz. Su figura y su espíritu nos orienten para realizar esa gran tarea de, en expresión suya, «vivir toda la verdad del hombre».