EL BAILE DEL AHORCADO
La horda
¡Ojalá te mueras de cáncer! Esta fue una de las lindezas que la turba me dedicó el verano pasado a través de las redes sociales. Hace exactamente un año. ¿La razón? Una opinión en la que me preguntaba por el desmedido interés de algunos por el dolor animal en un mundo que supura sufimiento humano. Fue como un workinprogress. Puse en marcha una idea que sus protagonistas demostraron cierta con su reacción. Aquello me enseñó muchas cosas. Para empezar, que el miedo a significarse es mucho más fuerte de lo que pensamos. Me demostró que la mayoría se siente muy cómoda formando parte de la tribu, de la horda, que el poder de la individualidad que inauguró la modernidad no es para todos. Me demostró que los hay que se autodefinen escritores y tocan de oído —los otros no son el diablo. Los otros son el infierno. Es un matiz importante si se ha estudiado, no digo ya leído, a Sartre—. Me demostró que en España no hay cultura democrática, que se sigue pensando que hay ideas, y personas, que se pueden defender y que otras pueden ser sepultadas. Me demostró que es muy sencillo apedrear, matar civilmente a una persona, gracias al silencio de la mayoría. Me demostró que hay amigos dispuestos a exponerse para defender la libertad de expresión y que la peor censura es el miedo a salir del rebaño. Pero, sobre todo, me demostró que la opinión que de verdad me importa es la mía. Al final, yo soy la persona con la que discuto cada día y con la que tengo que llegar a acuerdos. Y no es fácil.
Pero todo eso fue una broma comparado con lo que acabamos de ver. Lo malo no son los cuatro comentarios que utilizan la palabra, la civilización por lo tanto, para volver a la caverna, la indignidad no está sólo en quienes se mofan de la muerte de un hombre para demostrar con ello el desprecio que sienten por sí mismos. No, no es eso. Lo peligroso son los cientos de cómplices que con su silencio otorgan carta de naturaleza a la barbarie. Lo hacen a través de una sonrisa tenebrosa, con su miedo a ser rechazados por la tribu o, lo que es peor, mediante matices y artificios que tratan de justificar la sinrazón. Es el ‘sí, pero...’ Lo siento, la defensa de la vida no admite peros. O estás de su parte, o apuestas por la muerte. Todos tenemos derecho a ser estúpidos, pero aplaudir el odio es un acto criminal y debe ser juzgado como tal.