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EL CORRO PEDRO VICENTE
León

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A partir de un desenlace perfectamente previsible desde el mismo 26 de junio —Mariano Rajoy seguirá gobernando sí o sí, solo o en compañía de otros— los movimientos que se han venido sucediendo desde entonces han pinchado definitivamente el globo de lo que se había dado en llamar nueva política. Los dos partidos que parecían llamados a impulsarla, Podemos y Ciudadanos, no sólo han sido incapaces de imponerla, sino que poco a poco se han venido dejando arrastrar hacia los peores vicios y resabios propios de ese bipartidismo que tanto denostaban.

Si en la legislatura fallida fue en gran medida la estúpida e infantil arrogancia de Pablo Iglesias la que arruinó en tiempo récord el discurso transformador de su partido, de junio para acá el brusco giro político protagonizado por Albert Rivera ha convertido en un harapo la bandera de la regeneración democrática que tanto ha venido enarbolando Ciudadanos. Sin entrar en el déficit de democracia interna que arrastra esta formación, se supone que el primer y elemental compromiso en materia de regeneración política debiera de ser el de cumplir los compromisos contraídos con el electorado.

Rivera ya los incumplió flagrantemente cuando selló aquel pretencioso pacto del abrazo tratando de investir a Pedro Sánchez como presidente del Gobierno. Aquello ya era difícil de explicar por un partido que había excluido cualquier tipo de pacto que propiciara un gobierno del PP o del PSOE. Pero lo de ahora ha llegado infinitamente más lejos, ya que, tras haber repetido hasta la saciedad que ni por activa ni por pasiva apoyarían la continuidad de Rajoy, a las primeras de cambio Ciudadanos ya ha comprometido su abstención —que ya veremos si al final no pasa a ser un voto afirmativo— para que Mariano campe por sus respetos cuatro años más en La Moncloa. Y por si fuera poco, en una asombrosa muestra de inmadurez democrática e ignorancia constitucional, Rivera anuncia que pedirá al Rey que intente convencer a Sánchez para que los socialistas traicionen asimismo su compromiso electoral de no facilitar en ningún caso un gobierno del PP.

A todo esto, y como primera entrega a cuenta de las que tengan que venir, Ciudadanos se ha hecho con dos sillones en la Mesa del Congreso. La opacidad con la que el PP está allanando el camino de la investidura de Rajoy no tiene parangón ni precedente democrático. Una cosa es que las negociaciones políticas no puedan ser en streaming, como se pretendió ingenuamente tras las elecciones de diciembre, y otra que se utilice el voto secreto en el Congreso y el Senado para ocultar a la ciudadanía bochornosas componendas. O sea, rancia política en estado puro.

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