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PANORAMA Fernando Jáuregui
León

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S e sabe que en toda guerra la primera víctima es la verdad. La segunda, como consecuencia, la libertad de expresión. La tercera, virtudes sociales como el sentido común, la sensatez, la mesura. Así que debemos estar inmersos en una falsa guerra, donde las verdades son relativas, las acusaciones de impedir la libertad de expresión, constantes. Y no queda ni rastro en la sociedad civil —ni en otros ámbitos más institucionales— de sosiego, ni de talante de diálogo amplio. No en vano, alguna red social tiene fama, en su versión española, de ser la más agresiva, falaz e insultante del mundo. Y todo eso se produce cada día, en cada pretexto, con cada acontecimiento.

Claro que hay crispadores casi profesionales: que el líder de una formación que representa a cinco millones, cinco, de votantes insinúe que la algarada callejera, o impedir que alguien hable en la Universidad, o un motín de inmigrantes en un centro de internamiento, es lo más conveniente para que progrese la sociedad, no deja de ser una alteración de las reglas de convivencia democrática.

Me repelen actuaciones como las de esos energúmenos que impiden hablar a Felipe González en sede universitaria; como me preocupan que esos energúmenos llamen ‘fascista’ a quien, con aciertos y errores, condujo un período muy importante de la democracia. Pero igualmente me preocupan, y no quiero ser equidistante, sino equilibrado, que es otra cosa, que los insultos de ‘fascista’ se reviertan a quienes, como esos reventadores dignos de figurar en las crónicas de sucesos, no en las políticas, no merecen ser tratados con una consideración clasificatoria, ni siquiera en el apartado execrable del fascismo.

Creo, menos mal, que está pasando la hora de los crispadores. Uno de esos, que estuvo instalado en la negación, ya partió, creo que para nunca más volver a los pastos de la política. El otro, poco a poco, se va ‘monederizando’, y usted me entiende, a base de exabruptos: acabará convirtiéndose en un Willy Toledo y cavando una sima en la organización que tanto contribuyó a crear.

Tenemos que quitarnos de encima las dos Españas cainitas, vociferantes, que se ponen caretas para agredir y para que las culpas de sus acciones recaigan sobre otros. Las dos Españas juzgadoras sin datos, rebeldes sin causa.

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Claro que no me gustan los asaltantes de universidades. Ni los de mercados, ni los de los que tienen ideas diferentes. Pero tampoco me gustan los que toman todo esto como pretexto para no avanzar en lo que importa, que es un proyecto de concordia. Y, lamentablemente, es en eso en lo que estamos, hoy por hoy, víspera de tantos acontecimientos decisivos, distraídos. Hay que cambiar el chip, señores.