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LA LIEBRE ÁLVARO CABALLERO
León

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A quel dandy entró en escena con media docena de zancadas ágiles ajenas a una persona de 75 años, un traje negro impecable con el que parecía que le hubieran parido y un sombrero borsalino con el ala derecha reposada al bies con disimulo en la oreja. A mí me quedaban seis días para casarme, un niño con dos años por cumplir y una vida asentada en unas cuantas certezas de esas que terminan por descubrirse de usar y tirar cuando tienes que enfrentarte a ellas, salvo que te agarren la mano como hace Inés. El hombre se recostó con elegancia en el micro, dejó que se desperdigaran unas cuantas notas liberadas por la orquesta en el albero y, como si hubieran abierto las puertas de las catacumbas para que el viento encontrará al azar unas cuerdas vocales en las que cimbrearse, se escuchó de pronto el verso fundacional del concierto: «Baila conmigo por tu belleza sonando en un ardiente violín». Fue un fogonazo. Apenas un suspiro audible con estrépito entre la multitud, que se quebró individualizada en cada asistente, cada pareja, a la que extendió con elegancia desde el escenario aquella tarjeta de visita susurrada en la canción de apertura de su recital en León: «Baila conmigo hasta el fin del amor». Llevo empeñado en ello desde entonces. No se le puede llevar la contraria a una persona que ha perdido tanto para parecer un ganador.

Casi tres horas después salimos de allí convencidos de que éramos los mismos. Nunca podríamos volver a serlo. Nos había alcanzado Leonard Cohen. El mismo Cohen que este jueves por la mañana nos despertó con la traición de la sentencia que había dejado en su reciente entrevista, apenas hace unas semanas, cuando presentó su último disco, en la que proclamaba que pretendía «vivir para siempre». Nos mintió a su manera. Tenemos aquella noche del León Arena en la que la ciudad tuvo la ocasión de asistir a uno de los eventos culturales más importantes de las últimas décadas, después de que hubieran pasado por el mismo escenario B. B. King y Bob Dylan. Nada que ver con la actualidad de la agenda musical en la capital leonesa. Un espejismo que nos hizo beber te con naranjas a la orilla del río de Suzanne, nos mostró cómo tocar un vals vienés con los versos de Lorca, nos hizo gritar Hallelujah en una misa pagana para celebrar la vida y nos invitó a pedir la llave de la habitación del Chelsea Hotel en la que aguarda tirada en la cama Janis Joplin. Hasta pronto, Leonard, ya es hora de que empecemos a reírnos y llorar y llorar y reírnos de todo.

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