TRIBUNA
Los ritos del olvido
A mediodía el cielo seguía nublado, pero el espesor grisáceo había perdido consistencia y transparentaba una luminosidad creciente para mayor claridad del aire, al tiempo que las masas de niebla baja se retiraban montaña arriba hasta cuajar un festón vaporoso de seda oscura ribeteando el vuelo de la cima. En la templanza del aire en calma se respiraba una suave humedad de lluvia reciente. Me encontraba en un pueblo de la ribera del Cabrera, orilla izquierda de su curso alto. El pueblo lucía limpio, la mayoría de sus casas nuevas o renovadas, solo en los extremos o levemente separadas languidecían las que quedan viejas, antiguos pajares ahora sin uso. Al paso tranquilo por calles y «caleyas» aparecía alguna, hecha una pura «muria» (construcción derruida), cubierta por una maraña de zarzales, entre los que habrá sin duda un saúco (dicho en cabreirés «sabugueiro»), que ahora es invisible, pero que por San Juan estallará en una lluvia de ramilletes blancos perfumando el aire, gloria de las ruinas entre las zarzas inútiles. Al lado de las casas la mayoría de los pequeños huertos clamaban su abandono a merced de la maleza y los hierbajos. En uno de los pocos aún cultivados pude observar a un carbonero picoteando briznas de hierba, quizá algún insecto, tan bello con su corbata negra anudada al cuello que le baja por la pechuga para que más resalte el amarillo del plumaje a ambos lados (y por ella es conocido en muchos sitios, precisa y descriptivamente, como «corbato»). Reinaba, dueño absoluto del mediodía, el silencio, más inmenso cuando el pito real lo pulsaba con su relincho de flauta grave desde algún castaño en la ladera soleada sobre el caserío. El silencio potenciaba la soledad de los campos, uno cifra o símbolo del otro, pero sin poder precisar quién era o fue primero. Me pareció sentir entonces, venido del fondo de la mañana, un rumor de ruptura en la corteza del aire, preludiando la primavera. Brillaban en la montaña manchas dispersas de nieve, altas notas ellas palpitantes al acecho del preludio por los campos a sus pies.
Todo un mundo remoto yacía bajo aquel silencio, en aquella soledad deshabitada. Hace más de cien años, en el quicio entre dos siglos, precisamente cuando Cabrera, al límite de la subsistencia, hervía de vida y población, comenzó la historia cuyo final se apagaba ante mis ojos. Se diría que tras un tiempo mirando para un lado y otro, finalmente a la mirada indecisa siguieron los pasos decididos emigrantes. El tanteo comenzó por Argentina y Cuba y se mantuvo en esas primeras décadas hasta la guerra civil, pero después, tras un tiempo de repliegue, de pronto ya no en tanteo, sino en auténtica riada, ahora hacia Europa, la salida masiva remató en la despoblación del silencio, de la soledad.
Recordé entonces, flotando en alguna esquina del aire ensimismado, ciertos ritos propios de ese mundo. Hace años una mujer de Losadilla me contó una forma utilizada en el pueblo de tratar las verrugas y era así: se frotaba la verruga con una ramita de «sabugueiro» y a continuación era arrojada al agua de un arroyo o del río Cabrera, pero no de cualquier modo, sino observando este rito: de espaldas a él y por encima de la cabeza. Resulta que semejante rito tiene un precedente nada menos que en la octava égloga de Virgilio, donde una bruja, a base de ensalmos y ritos mágicos, logra la vuelta junto a ella en el campo de su amado huido a la ciudad; y al término de tales ritos, los restos y cenizas de las cintas, laureles y otras hierbas quemadas en el altar son arrojados al agua del arroyo o del río. No de cualquier manera: hacia atrás, «por sobre la cabeza, sin volverla mirando».
Semejante coincidencia a dos mil años de distancia nos deja pensativos, no importa que el rito virgiliano sea amoroso y el cabreirés de curación, ambos en todo caso terapéuticos, uno del alma y otro del cuerpo. Y la acción se repite apenas diferente en otro rito recogido en el mismo pueblo de la misma mujer: la madre en busca de la curación del niño enfermo atravesaba con él tres puentes y en cada uno de ellos lanzaba piedras al agua de este modo: ya no por encima de la cabeza y hacia atrás, pero sí mirando al lado opuesto. Esta es la diferencia mayor: mientras que en aquel se da el contacto físico del «sabugueiro» con la verruga, en este no hay otro contacto que con el puente triple, y por lo tanto con la virtud mística que emana del número simbólico por excelencia, al que Umberto Eco dedica en El nombre de la rosa un bello párrafo dicho por el abad; resumiendo: tres es el número de la trinidad, tres los ángeles que visitaron a Abrahán, tres las veces que renegó Pedro, tres las virtudes teologales, las lenguas sagradas, las partes del alma, las especies del sonido…
En el silencio y la soledad de una mañana a cuyo fondo me pareció percibir un lejano rumor de primavera al acecho, evoqué yo un mundo remoto con sus ritos, gestos y acciones sorprendentes y emocionantes. Y al fin la primavera volverá, el grito del pito real y los inquietos andares del carbonero no son otra cosa que síntomas iniciales, pero aquel mundo se lo llevó para siempre un viento sin retorno.