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Felipe Fernández de Mata abogado bañezano
León

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H ace poco se celebró el 60.º aniversario de la creación de la Unión Europea, por lo que sería procedente recordar ahora algunos de los hitos que a lo largo de su historia nos han conducido hasta el momento presente.

Tras los pasos iniciales para coordinar las producciones y comercio del carbón, del acero y de la energía atómica a través de organismos como la Ceca o el Euratom, el 25 de marzo de 1957 se firmó el Tratado de Roma que establecía un Mercado Común europeo en un periodo escalonado en tres etapas de cuatro años, doce años en total. Los objetivos iniciales fueron la desaparición de fronteras aduaneras y el establecimiento de una tasa aduanera común con terceros, la creación de una política agrícola común, la libre circulación de personas, servicios y capitales, el respeto a las reglas de la competencia, políticas comunes en asuntos comerciales, de política social y el Banco Europeo de Inversiones.

Al poco de la firma del Tratado de Roma, en 1958 llegó al poder en Francia el general De Gaulle y desde aquellas fechas han sido muchos los años de trabajo en común intentando aproximarse a la meta de aquellos acuerdos originales: la unión politica.

La ‘cuestión británica’: El Reino Unido rehusó firmar el acuerdo fundacional del Mercado Común, pero muy poco después cambió de criterio y formalizó su petición de incorporación, a la vez que realizaba un concienzudo lobby desde el exterior para que no se avanzara ni en la unión política, ni en la de defensa. Como se ha señalado, De Gaulle ocupaba en aquellos años iniciales la presidencia francesa y fue él quien impidió la entrada de Inglaterra, para promover una política muy realista de acercamiento franco-alemán.

En aquellos años, Inglaterra ya no era la potencia vencedora de la guerra mundial, sino un país europeo medio que se había dejado por el camino su imperio en épocas cercanas y que fue rechazado por el Mercado Común tras haber intentado boicotear su creación.

Hubo de esperarse hasta la muerte de De Gaulle en 1969, para que finalmente Inglaterra accediera a Europa en 1973. Debe señalarse, no obstante, que ese país no ha sido nunca un muy convencido militante europeo y de hecho no participó en iniciativas para relanzar la unión que el paso de los años ha ido haciendo necesarias. Fue así como la Unión se convirtió en un gigante económico y comercial al que le faltaba lo más importante: la unión política que debería haber llevado a la defensa común, la acción exterior común y un texto constitucional único para Europa, expectativas que no se cumplieron tras Maastricht. Los años pasan rápidos y los países miembros, mecidos por la bonanza económica, se dejaron llevar por su bienestar y fueron olvidando de facto sus objetivos iniciales. Son muchos años los transcurridos sin que se perciba progreso ideológico y real hacia las ideas unitarias fundacionales.

Aquellos largos años de crecimiento económico y social no supusieron apenas ninguno político. Ha crecido la burocracia de Bruselas, pero no la eficacia y operatividad de las instituciones comunes.

Europa en la encrucijada: Es así, como llegó la gran crisis económica y se acentuaron las divergencias y las tensiones políticas internas de los países. Con esta Europa varada, indecisa, y muchas veces inoperante, como se ha mostrado con la crisis de los inmigrantes de Oriente Medio en la que las disidencias entre estados miembros han llegado casi a la ruptura, crece el euroescepticismo en los países miembros empujado por la crisis económica cuyo fin no se vislumbra, y con él los populismos. Y en este momento tan poco oportuno, el Reino Unido de forma totalmente inesperada incluso para sus gobernantes, dice que abandona y que se marcha. Y además, el futuro presenta nubarrones en otros países europeos como Francia, Holanda o incluso de Alemania. Aunque muchos políticos afirman que la salida a los problemas de Europa vendría con más Europa, la corriente escéptica o incluso claramente antieuropea, crece de forma imparable, alentada ahora desde la Rusia de Putin o la América de Trump.

En este contexto se sitúa la salida del Reino Unido, para quien un frívolo e innecesario referéndum planteando con temeridad por sus dirigentes les ha llevado al ‘brexit’, y además, ha entreabierto la puerta a la posible unificación de las dos Irlandas y a otro referéndum en Escocia, asuntos que podrían convertir gramaticalmente el Brexit simplemente en el Exit (England exit).

Surgen al llegar aquí algunas preguntas, intentando mantener en el horizonte la esencia de Europa, ¿qué ha sido de la política exterior común (está claro que la PESC es insuficiente), y la de defensa común o la política energética común, la policía aduanera y de fronteras única, o un texto constitucional único aceptado por todos los miembros, en suma el avance a la completa integración de los miembros que pretendió Maastricht?

Sí, Europa está en la encrucijada y de ella el ‘brexit’ no es sino el primer capítulo. Nos corresponde a los europeos buscar la salida a través de un estrechamiento de los lazos de unión y construir verdaderamente lo que se pretendió desde el principio: una Europa unida.

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Quienes nos sentimos profundamente europeos llegados a este punto solo deseamos que se cumplan de una vez las primeras palabras del Tratado de Roma: «Determinados a establecer las bases de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos…».