León

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Permanece inmortal la sospecha por el desajuste en la puesta de escena; que algo no encajaba. Entre aquellos puños en alto mientras el arriba, parias de la tierra inundaba el mediodía del valle del Casares y el eco replicaba en las minas con candado de Sotillos, que manda bemoles; y los tábanos pasaban de largo de los armani perfumados con repelente para los insectos que chupan la canícula que planea por el norte leonés, del ocaso del verano, que ya no deja cabida a la apariencia entre tantos días sin resuello. Ese en pie, los esclavos sin pan resultó delator de una impostura, igual que la que se le contagió al pesoe del renacido que hace como que bebe sediento los floreros proletarios en los mítines a los que llega saciado del agua del poder. Se notó a leguas, porque simuló ser merecedor de un utilitario de Corea del Sur y resulta que le esperaba un alemán de alta gama a la vuelta de la calle de la Serna. Todo el viaje del político redentor de los parados del crash del 2007 no pasó del trayecto del luchódromo de la Torre a la esquina del campus de Vegazana. Cada uno cree lo que quiere creer. Un agnóstico de Zapatero, de la España que dejó, no hubiera tardado cinco segundos en exclamar que ese cuento ya se lo habían contado, que ese huevo sal quiere, cuando los Jimmy Hoffa del Soma abrazaron al renovador en un lateral del pabellón de la Torre, en otra interpretación sublime del pasaje bíblico del señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Así que la consagración era en el pinar de Rodiezmo, mientras la socialdemocracia europea daba las últimas bocanadas al porro de las pensiones; pero las ostias se repartían en un bar de Pola de Lena, y a razón de 2,7 millones de euros por comunión. El cuerpo de Villa. Amén. Todo, con la música alta, para evitar el trance del silencio sobre un tipo como Alfonso Guerra en el papel estelar de profeta en el sermón de la montaña y entre tanto actor de reparto. No se ve el horizonte de la purga, por mucho que repasemos cuántos primeros domingos de septiembre concedimos al engaño, en el que la propaganda oficial obligaba a dejar el magnetófono en la hierba adusta de la Tercia cuando el cantante de la orquesta emplazaba a grito tendido al día que el triunfo alcancemos, a hundir el imperio burgués. En el atardecer, aún se escucha el murmullo del helicóptero presidencial. Qué momento.

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