León

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Cuando España se empezó a rendir ante la UE, los expertos bautizaron con el eufemismo de fondos de reestructuración minera el concepto de cuidados paliativos para no hablar de eutanasia. No había intención de alargar la vida, sino de conceder un horizonte medio en el que se apagara sola. Van más de 20.000 millones sin que se sepa muy bien dónde. Más de 20.000 millones que el PP y el PSOE, con su veto a la comisión en el Congreso, renuncian a investigar a qué se destinaron y quién se enriqueció, mientras el padrón se abisma en cifras desérticas y el Gobierno admite que desconoce la realidad.

Hay ejemplos de sobra en los que las subvenciones de la UE, que le sirvieron a la Junta para ahorrarse las suyas y emplearlas en otros territorios, se gastaron en la barra libre de la falta de planificación estratégica porque si no se perdían: calles de pueblos con 10 habitantes que se han asfaltado media docena de veces en este tiempo; plazas alicatadas de mármol hasta el techo en las que las orquestas soltaban pompas de jabón; pabellones cubiertos en los que el eco que se escucha lo murmura el cierzo cuando agita la cubierta; parcelas vacías de polígonos sin estrenar donde las empresas cogieron el dinero y corrieron a ponerlo a salvo; también becas con las que los guajes de las zonas mineras han podido estudiar, pero cuyos conocimientos no sirven ahora para que vuelvan porque no han tejido productivo en el que sobrevivir. Estas piteras son las que quieren destapar Ciudadanos y Podemos en la comisión, donde estaría bien que dejaran claro cuál es su plan para las cuencas, más allá de eslóganes políticos y discursos equívocos. Vendría bien para que no contribuyan a criminalizar a los mineros hasta convertirlos en señoritos subsidiados, en lugar de víctimas, de la falta de regulación estatal efectiva y el abandono a los empresarios mercenarios que les arreglaron los problemas y a los sindicalistas que hicieron coto del común. Quizá serviría para no alumbrar otro plan que reduzca las comarcas a un laboratorio, lo que convierte a sus habitantes en cobayas que ven cómo se importa carbón.

Entonces, en algún despacho, alguien ladeará el puro hasta la esquinera de la boca para agrandar la sonrisa y, como Aníbal, soltará la frase con la que finiquitar todo: Me encanta que los planes salgan bien.

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