Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Pones la tele en fin de semana y, casi desde cualquier cadena, se te mete en el salón el mismo producto con pinta de fotocopia, toda una serie de telefilmes inocuos, duplicados e intercambiables de consumo vergonzosamente perecedero; historias sin sabor y sin olor, insípidas e insustanciales. Lo que más me llama la atención es que, sin entrar en la endeblez de los argumentos, el escenario sea invariablemente el mismo: zonas residenciales suburbanas, tan hermosa como inquietantemente ajardinadas, en las que criaturas desblanquiñadas llevan una vida siempre a medio camino entre el centro comercial, la oficina y el campo de béisbol. Tan homogénea como las que parecen exhibir sus miríadas de vecinos. La visión de esas constelaciones de casas unifamiliares me provoca un raro temor. No ver un bar, un taller mecánico o un vendedor de la Once en cada esquina me pondría de lo más nervioso. Y ojo que no todas son americanas. Muchas proceden de Alemania o Escandinavia, merced a quién sabe qué convenios o devolución de favores. Pero, en el fondo, la tramoya es siempre la misma. O casi. Y es también curioso que algunas de nuestras series y películas intenten imitar esos ambientes de plexiglás.

Yo creo que tenemos que vernos más. Exhibir nuestra realidad, nuestras realidades. Pero verlas todos. No me refiero al compartimentado reflejo que ofrecen las televisiones locales y autonómicas, esa cosa un poco de tribu, de gueto, que tanto ha colaborado, junto con la ceguera y falta de curiosidad nacional hacia lo bilingüe, lo diverso y lo otro, a extremar los ánimos nacionalistas. Yo quiero saber qué pasa en Villaverde de la Cuerna, en Cazanuecos y en Magaz de Arriba, pero también lo que le preocupa a una pastora de Tremp, a un olivarero de Jaén y a un pescador de Boiro. E incluso a un mozo de cocina de Barakaldo. Creo que, si nos viéramos más todos, si supiésemos más sobre los que compartimos este extraño y sufriente Estado, nos apreciaríamos más y nos sería quizá difícil ponernos a parir como hacemos tan a menudo.

Claro que esa curiosidad hay que fomentarla y estimularla. Y el afán que veo revela todo lo contrario: el de ocultar, homogeneizar y desinfectar. Pero un poco de abono y de gambas al ajillo no le vendría nada mal a nuestras pantallas.

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