TRIBUNA

Nuestra lengua común: jugamos todos o rompemos la baraja

Publicado por
Miguel ángel Castro Merino profesor de Filosofía del Ies Padre Isla
León

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L as cuestiones que trata de exponer este escrito son estas: ¿Por qué un vasco se puede presentar en Logroño o en Valladolid a unas oposiciones y otros españoles, sin embargo, no pueden hacerlo en San Sebastián o Mallorca por razones lingüísticas? ¿Tenemos que saber hablar seis lenguas y las que, a partir de ahora, vayan surgiendo en España? ¿Por qué los políticos, escritores, gentes de la llamada, cultura no ven un grave problema en este asunto? ¿Hasta cuándo vamos a consentir, el resto, la afrenta y la discriminación política de unas regiones sobre otras?

Respuesta: De toda la vida de dios se han hablado, en nuestra patria, varias lenguas. Hasta ahí no se ve ningún problema. El caso es que sería pertinente observar hasta qué punto la diversidad de ellas nos permite fluir por la nación con la misma libertad a unos y a otros españoles. Advertimos, sí, en efecto, un problema enorme que lógicamente habrá que solucionar para conseguir una igualdad entre los españoles, una igualdad real, que pasa por el uso de una lengua común que nos una y no por la demostración vehemente de las diferentes lenguas que, en España, existen del modo en que lo hacen con el propósito, se diría, en muchas ocasiones, de separarnos. Parece entonces que una nación política, si lo es, (y, si no lo es, dígase), para obrar en consecuencia, debiera facilitar el tránsito de unas regiones a otras con equidad, con los mismos derechos. No lo hace.

Miremos hacia donde miremos aparece uno hablando en galego, el otro en valenciá, la otra en catalá, aquella chapurreando vasco, la otra, mallorquín. Vemos al resto de los que tenían un dialecto, que no lengua, dirán algunos, que comienzan a querer imponerlo vía cooficialidad de su bable, llionés o asturianu. Existe un problema gravísimo que, más tarde o más pronto, se manifestará y es el de todos aquellos que preguntan por qué unos se pueden presentar a oposiciones o a trabajos en la zona, llamémosla, castellano-parlante y, una suerte de no agraciados por los nacionalismos, no; por qué unos no pueden, en concurso de traslados, moverse con libertad por la cuestión de las lenguas. La cosa es seria, muchos no se dan cuenta porque, entendemos, padecen el síndrome de Estocolmo, con el cual estiman por qué van a impedir a un vasco o a un galego presentarse en Extremadura o en Valladolid a las oposiciones de Enfermería mientras, allí, en Vascongadas o Galicia, se blinda para que no entren otros ciudadanos del resto de España. Así, miel sobre hojuelas, los navarros presentan poco paro porque han cubierto las plazas con los suyos, o en otras regiones con similares prebendas.

Ahora bien, no estaremos de acuerdo con las bellas palabras de Rajoy, del rey, ni de Sócrates mismo, si, previamente, no se resuelve el agravio comparativo que, sin duda, también perjudica a quienes, los muy tontorrones, se creen afortunados. Decimos esto porque los nacionalistas condenan a sus paisanos a no poder presentarse, mediante la lengua que nos une a todos, al lugar al que elijan pero, presas de su irracionalismo pequeño-burgués, todavía no han reparado en que, los mismos vascos, sí podrán presentarse en Burgos o en Logroño pero no en Gerona porque no tienen el dominio lingüístico idóneo. Y, así, el palentino no se puede presentar en Bilbao a las oposiciones de auxiliar o celador, el catalán no puede entrar en Lugo y, cada uno, mirando a su rabo, se queda sin el hueso que, por ser españoles, tendrían que poder roer. Los políticos están totalmente alejados del terreno de juego. No saben de qué va la cosa. Así, si Pedro Sánchez va a Guipúzcoa, o a Tarragona, puede hablar en castellano pero, nuestros alumnos andaluces, extremeños, leoneses, sorianos, etc., no podrán opositar en Mallorca o Pontevedra. Las gentes del entretenimiento como Wyoming, Évole, Prat, Susana Griso y resto de personajes, no necesitan reivindicar el castellano porque bien saben que sus oyentes españoles les entienden perfectamente al hablar la lengua común. Sin embargo, el resto como maestros, profesores, enfermeros, médicos, funcionarios y otros, a los que se les exige ese requisito, necesitan aprender la lengua para poder ejercer en ese territorio. O sea que, como las teles, llegan a todos porque todos pueden verlas, puesto que la teles se cuelan en sus casas, no necesitan exigir una lengua común. Ocurre que, al resto de los antes citados se les impide la entrada en otras comunidades. Ya, sí, sabemos que si estudiamos todas las lenguas, tiene uno una posibilidad de poder moverse, pero reconozcamos el disparate nacionalista y la complicidad de los españoles vendidos al mejor postor, entre ellos, los políticos con altos cargos que querían seducir en la intimidad chapurreando el catalán.

Conocemos la copla: No es un problema. ¿Cómo que no? ¿Acaso no se ha facilitado a los funcionarios vascos, por ejemplo en Educación, estudiar euskera durante dos años, y se les ha eximido de trabajar en ese tiempo para, de esa manera, imponer el idioma y que entre a gustito la afición por el euskera, del que dijo el bilbaíno Unamuno, español hasta la duramadre, que había que dejar morir dulcemente? ¿Acaso no han sido expulsados la mayor parte de españoles de otros puntos por no conocer el catalán o el mallorquín? Es curioso que una de las lenguas más habladas en el mundo sea la que menos se reivindique en el territorio nacional, para que todos nos podamos entender, como se dice pomposamente, hasta el hartazgo, «democráticamente». El objetivo perverso está claro: la insolidaridad, la aniquilación de lazos entre las futuras generaciones porque, con frecuencia, las lenguas son para separarnos.

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Por otra parte, habrá quienes piensen que queremos imponer nuestra lengua, pero no es cierto desde el momento en que ya la hablamos todos. (¿A quién no le han obligado a aprender una lengua? ¿Pediste hablar en castellano cuando eras bebé? ¿Crees que te enseñaron catalán porque era la mejor opción?) Nosotros, por el contrario, vemos en la lengua una herramienta, un mero instrumento que nos une. Ello, sin perjuicio de que se pudieran mantener, de la manera más conveniente, otras lenguas, pero sin impedir la libre movilidad de todos. Lo contrario es juego sucio. Un juego sucio al que la mafia cívica y política se ha acostumbrado de la forma más canalla. Por cierto, quien esto escribe se presentó a las oposiciones del Cuerpo de Secundaria en una comunidad castellano-parlante y, allí, había cientos de personas de todos los lugares: Vizcaya, Valencia, Mallorca, Madrid, Andalucía, Galicia. Algunas de estas tierras que vetan, sin contemplaciones, esa posibilidad a otros de la misma «Matria». Han cerrado su espacio aéreo, se han blindado para echarnos de allí. Sin ninguna gracia. Sus dichosos ocho apellidos no me producen ningún gozo en la actual situación de falta de solidaridad. Por eso trato de movilizar a los alumnos y a los jóvenes a que observen el maltrato, la desconsideración, la falta de equidad. Pablo Iglesias, toda la casta burguesa y Su Majestad, de ella, no necesitan, como decimos, aprender ninguna otra lengua en la nación. No obstante, el curioso Iglesias contesta a una futura opositora a maestra que le hace esta objeción en una cadena de televisión, la de por qué unos tienen ese privilegio y, otros, no, respondiendo, con la perversidad propia del político falaz que, en España, todos debemos aprender las lenguas que existen. ¿Cuáles sabes tú, diputado Iglesias? ¿Por qué les obligas al resto a hablar lenguas de las que tú estás exento de hablar por tu condición de pertenencia a la casta política? ¿Cómo hacer una nación más justa si no usamos la lengua común que hablamos todos? ¡El que esté agachado, que se levante!