TRIBUNA

El Barrio de Santa Marina y el Romántico, ¡respétenlo!

Publicado por
Héctor Luis Suárez Pérez Investigador de la tradición y antiguo mozo del barrio
León

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C ada año a mediados de julio se conmemora en muchos puntos del país la festividad de Santa Marina, efeméride que cobra especial cariz en uno de los espacios urbanos más antiguos de la capital leonesa: el Muy Ilustre y Real Barrio que ostenta y blasona su nombre. Una celebración, a lo largo de más o menos los últimos ciento cincuenta años, con alto grado de relevancia social local puesto de manifiesto bien desde la nostalgia del recuerdo o en la vivencia de los actos. Eso sí, con independencia de que en cada edición se haya podido hacer realidad la organización de festejos y que éstos fueran más o menos brillantes. Así se contrasta ya en 1901 a través de una referencia en El Porvenir de León comentando lo que se iba a celebrar. En los últimos años la organización de los actos ya no ha corrido a cargo de la comisión de «mozos del barrio», cediéndose el testigo a los esfuerzos de la Asociación de Vecinos del barrio, con Hermenegildo implicado y a la importante colaboración de la parroquial Cofradía del Desenclavo.

El tiempo ha determinado que, tanto el popular Barrio de Santa Marina como la propia Parroquia de Santa Marina La Real de León —un poco más amplia en extensión, desde hace un siglo—, hayan hecho historia común. En el seno territorial urbano de este espacio de convivencia, noble y plebeyo a la vez, se ha ido acumulando un notorio acervo patrimonial material. Algo que, a través de un agradable paseo, se contrasta gracias a su particular configuración del paisaje callejero y a sus modestos y señeros monumentos. Pero es innegable también un patrimonio inmaterial e intangible. Con el barrio se relaciona un enorme y secular corpus de experiencia vital vecinal, en buena parte de carácter anónimo pero engrosada asimismo por la de personas de mérito señero. Gente, en buen número de casos, «rabiadamente moridos de amor» por León, por su barrio y parroquia, fueren o no creyentes.

Entre el paisanaje de leoneses capitalinos que, por algún motivo se vincula o ha vinculado al barrio y parroquia de Santa Marina —tanto en persona o por saga familiar—, en muchas ocasiones y más allá de credos, se ha generado en ellos un curioso, entrañable y orgulloso fenómeno sociológico de apego al mismo. Este, ya fuera vivido en primera persona o heredado y hasta inducido por tradición oral, se materializa a través de un enorme sentido de adscripción, «cuasi étnica», a dichos territorios, a su significado y a todo aquello que se relaciona con los mismos. Y, créanlo, todavía es perfectamente contrastable entre muchos vecinos y ex-vecinos ajustados a estos perfiles.

Pero este tipo de sentir no es nada sorprendente ni único y se repite bajo premisas similares tanto en pueblos como en ciudades. En concreto, entre muchas gentes vinculadas a buen número de espacios y barrios, antañones o nuevos, pero peculiares y cargados de «vida y latir ciudadano», así como de historia emblemática. Vamos, aquellos «de toda la vida» de nuestra ciudad y resto de la provincia.

Pero existe otra realidad, cada día más abultada en lo cuantitativo tanto entre los capitalinos más jóvenes como entre aquellos de aluvión en la ciudad. Se trata de un planteamiento contrastante y opuesto al visto. Me refiero al desconocimiento, tanto de las realidades vistas, como de sus denominaciones ancestrales e incluso de la misma existencia y ubicación de zonas, calles o barrios. En su mayoría, anteriores al nacimiento de sus desconocedores o al su arribe a León y al desarrollo urbano acaecido desde los años cincuenta del siglo XX. Paradójicamente afirmar hoy que uno o su familia se vinculó al Barrio Canario, o a los de San Juan de Regla, La Sal, San Esteban, San Salvador del Nido o que «se era» del rollo de Santa Ana, suena a marciano para algunos leoneses. Tal vez el caso más característico sea el relativo al barrio de San Martín —que algunos ni saben dónde ubicar— y que, en el plano de su popularidad, sucumbe al olvido de tantos frente a su castizo renombre en los sesenta como barrio Húmedo.

Como a aquél, a Santa Marina le ha empezado a ocurrir algo parecido ante la pujante implantación social de la expresión barrio Romántico a la hora de denominar uno de sus sectores. Por cierto, viejo área de alterne vinícola conocida como El Cid que, a consecuencia de la inauguración del jardín romántico, fue rebautizada con cariño desde la cuadrilla de Fernando Llamazares, Marcelino Cuevas y varios amigos más. Todos vecinos y entusiastas del barrio de Santa Marina que, ni de lejos, se planteaban con ello dar pie a agravio o confusión alguna, frente a ciertos planteamientos actuales. Y «ye q’», en León, «echar un vasín» y los vinines «¡tiran muchu!», ¡hasta para rebautizar barrios! Pero, como hicieran los promotores citados, conviviendo, conociendo y sin avasallar. No dando pie a borrar, a lo tonto, por desconocimiento o estrategia comercial indocumentada e inadecuada, una realidad pretérita.

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Estas metamorfosis nominales constituyen un hecho sorprendente y triste, no deseable en una ciudad con personalidad e historia como León, a tenor de todo lo mencionado. Por ello, en cualquier documento, cartel anunciador —más, si es institucional— o reseña en medios de comunicación donde, redenominaciones como éstas figuren de modo único sin mención del topónimo tradicional, se hace obligada la convivencia de ambas acepciones. De otro modo, y ya sea sin pretenderlo o plantearlo de modo premeditado sus propios entusiastas, de manera injusta y no deseable, se generan un perjuicio y una pauta que marcan el inicio del camino hacia el olvido en las jóvenes generaciones y en los foráneos. Y, con ello, una irreparable pérdida patrimonial inmaterial. Felices fiestas y, por favor, intenten reflexionar: el Romántico está en el Muy Ilustre y Real Barrio de Santa Marina, «la Real», ¡que, no es poco! y, por ello, se pueden y deben usar ambas expresiones a la vez.