león en verso
Vida de periodistas y lobos solitarios
Los mejores periodistas que conozco son lobos solitarios; cazan solos; aventan solos; fisgan, huronean, montean sin más compañía que sus ideales y el latido del instinto que les sirve de guía en medio de tantos imprevistos. Por supuesto, solos cobran la pieza que rastrean con la paciencia que define a los depredadores hasta que la presa se debilita y abreva la sed en un recodo del estiaje, en esa estampa tan corriente del agosto leonés. La liturgia que saca a flote la información tiene mucho que ver con el rito del acecho que preludia los grandes momentos de los cazadores; los mejores periodistas que conozco se muestran bajo un atuendo urbano que disimula un alma montaraz, inasequible; los mejores periodistas que conozco son indomables, como corresponde a las especies que jamás se han dejado someter; no se encaman con el poder, no comen de su mano —pueden, por tanto, morderla sin remordimiento y en atención al juramento hipocrático que le deben a la audiencia, a la sociedad, a los editores— ni se dejan atusar por ninguna de las formas que adoptan los hilos de la autoridad para camuflarse en el curso cotidiano de la vida. De ahí que esos lobos salvajes estén en condiciones de aportar el único tributo que salvaguarda al oficio de la contaminación de las relaciones públicas; un periodista es lobo y periodismo es dar luz pública a lo que no interesa que se cuente; sin este condicionante, el periodismo es propaganda; y el periodista, torna a perro faldero de los señores con coche oficial que le rascan el lomo a cambio de cosas que no vienen a cuento en este costal. Todos los mejores periodistas que conozco aparecen identificados con expresiones abruptas y mal sonantes en las agendas de los teléfonos de los políticos, a los que persiguen sin descanso, por los riscos de los despachos y las veredas con moqueta, y por los espacios serenos en los que apaciguan a los rebaños de fieles y corifeos. De esta materia está hecha una parte esencial de la enjundia de la actualidad; de lo que esconden con celo los administradores, temerosos de las fauces de los periodistas que no van a ceder ante esa llamada de la naturaleza que define el código de conducta del buen depredador. Periodistas; esos lobos que viven celosos de no convertir su dedicación en un juego de retuitear egos.