Vestas
S i León existe, y claro que existe, si hay un sentimiento que une a bercianos y capitalinos, a lacianiegos y terracampanos, a cabreireses y cepedanos, a maragatos y fornelos, a las gentes del Selmo y del Valcarce, a montañeses de los valles del Torío, Esla, Luna, Bernesga y Duerna y a los hijos de tantos otros territorios de la hermosa provincia, vivan en ella o vivan fuera, si existe esa implicación solidaria, todos los leoneses tenemos que reaccionar como una sola persona frente al propósito, casi ya una realidad, que ha puesto en marcha una multinacional danesa que gana mucho dinero pero que quiere ganar todavía un poco más. Agrupando sus factorías. Y propiciando una tragedia social.
Los gélidos y drásticos directivos de la empresa eólica Vestas, que proceden de la gélida y nórdica Dinamarca, son de un pensar esdrújulo. Poco llano y dialogante. Poco flexible y humanístico. Ellos van por la vida y el dinero con la frialdad del que no contempla otra consideración que la cuenta de resultados. Algo tan legítimo como injusto cuando esa práctica conlleva la desgracia de muchos trabajadores, de sus familias y de otras empresas auxiliares que también serán víctimas de las medidas de témpano que se toman en remotos despachos de la más altiva Escandinavia.
Pero Vestas también puede ser una bandera. Un símbolo. Un acicate. Tal vez todavía puede serlo. No solo una herida, ni un ejemplo de la crueldad estructural con la que funcionan las grandes corporaciones que solo piensan en su dinero. Que olvidan que toda gran empresa, por el hecho de serlo y de enriquecerse, y de cumplir sus objetivos, está obligada a devolver a la sociedad parte de lo que de ella recibe. Y no me refiero a cumplir con las obligaciones tributarias o sociales, que eso es obvio. Si no a la obligación moral, a la responsabilidad social. Que si bien, y de momento, no se puede concretar como exigencia legal, sí que está bien definida como deuda moral. Ineludible. La obligación ética de no dejar en la calle a más de trescientos trabajadores; la obligación de no destrozar la vida laboral de tantas personas. La obligación de no romper la sonrisa de los niños que son hijos de los empleados de esta empresa. Y de los 1.700 trabajadores de las empresas subsidiarias, que dependen de la multinacional para seguir existiendo.
No es tiempo de resignación. Ni de blandura. Ni de incompetencia. Ni de politiqueo inútil y huero. Es tiempo de exigir a Vestas que revierta su decisión bárbara de llevarse la producción a otro lugar. Los daneses ganan dinero, van bien, lo que es estupendo, pero lo que es inadmisible es que por querer ganar más destrocen a dos mil familias. Los leoneses todos no podemos consentir esto. Un zarpazo descomunal que se suma a otros que llevamos padeciendo desde hace décadas. Vestas es nuestro Fuente Ovejuna. Nuestro ¡basta ya! Nuestra lucha.