TRIBUNA

La incapacidad para el duelo (de los otros)

Publicado por
José Antonio García Marcos Psicólogo clínico y escritor
León

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E n el año 1967 un matrimonio de psicoanalistas alemanes, Alexander Mitscherlich y su esposa Margarete, publicaron un libro que removió la conciencia de sus conciudadanos y que supuso el inicio de una nueva etapa a la hora de afrontar la culpa por los horrores del nacionalsocialismo. Después vino la generación del 68 y las revueltas de estudiantes que comenzaron a cuestionar a sus padres por lo que habían hecho durante el tercer Reich.

Hay que recordar que por aquellas fechas la derecha alemana (CDU y CSU) se esforzaba por resaltar los logros del llamado milagro económico alemán y rechazaba arrogantemente cualquier reflexión sobre el pasado nazi. Franz Joseph Strauss, presidente de Baviera, solía decir que cuando un país protagoniza un milagro económico tan evidente, tiene derecho a no quedarse anclado en el pasado de Auschwitz.

El transcurso del tiempo, sin embargo, ha dado la razón al matrimonio Mitscherlich y a los jóvenes del 68 y se lo ha quitado a la derecha que, todo hay que decirlo, supo rectificar a tiempo y alinearse con la tesis de que los crímenes del nacionalsocialismo habían sido de tal envergadura que no se podía mirar para otro lado y, por tanto, había que asumir la culpa, individual y colectiva, y, al mismo tiempo, exhortar a las nuevas generaciones a que semejantes atrocidades no volvieran a repetirse nunca más.

Se iniciaba así lo que se ha dado en llamar la cultura de la memoria. Si uno se pasea en la actualidad por la floreciente y pujante ciudad de Berlín que, como el Ave Fénix, ha sabido resurgir de los escombros de los dos totalitarismos que asolaron Europa en el siglo XX, puede contemplar numerosos lugares de memoria (Gedenkstätte) que recuerdan los crímenes del nacionalsocialismo: monumento a los judíos europeos asesinados por los nazis, a los gitanos, a los enfermos mentales y discapacitados psíquicos, a los homosexuales, así como a los que murieron al intentar cruzar el muro de la vergüenza.

Al mismo tiempo, el turista se tropezará, de vez en cuando, con adoquines de latón en determinadas aceras indicando que en ese edificio vivió una víctima que, en su día, fue sacada a la fuerza de su casa y conducida a un campo de exterminio. Esta idea de los adoquines se le ocurrió a un artista alemán, Gunter Demnig, y la denominó Stolpersteine, es decir, piedras o adoquines con los que «se tropieza» el ciudadano y que recuerdan a víctimas concretas del tercer Reich.

En el año 2013, al terminar de escribir mi libro Hadamar, Treblinka y Auschwitz: De la ‘eutanasia’ a la ‘solución final’ viajé a la ciudad de Hadamar para visitar su hospital psiquiátrico y contemplar la cámara de gas, el horno crematorio y la mesa de disección de cadáveres donde los médicos extraían el cerebro de determinados pacientes antes de ser incinerados con fines de investigación psiquiátrica y neurológica.

El resto del Memorial de Hadamar son historias y fotografías de pacientes que allí fueron asesinados con el fin de purificar la raza aria. El día que yo lo visité un grupo de adolescentes, guiados por sus profesores, recorría las distintas salas. Se les veía abatidos porque, sin duda, se identificaban con aquellos otros niños y adolescentes que allí murieron víctimas del delirio racial de sus antepasados.

Al frente del Memorial se encontraba entonces un prestigioso historiador, Georg Lilienthal, cuyo objetivo era mantener vivo el recuerdo de todas y cada una de aquellas víctimas e investigar su historial clínico con el fin de devolverles la dignidad que en su día les arrebató un régimen basado en el terror.

Si el matrimonio Mitscherlich levantara la cabeza se sentiría, sin duda, orgulloso de la semilla que plantaron con respecto al duelo por las víctimas del nazismo.

En nuestro país, al contrario que en Alemania, no se puede hablar de incapacidad para el duelo, porque aquí cada una de las partes enfrentadas en la Guerra Civil ha expresado el duelo por sus víctimas, pero ha sido incapaz de expresarlo por las víctimas del adversario. Si exceptuamos los soldados que en los dos bandos perdieron la vida luchando en los distintos frentes de batalla, las víctimas del llamado terror rojo (religiosos, monjas, curas, obispos o políticos de la derecha) fueron resarcidas por los vencedores y sus nombres solían estar inscritos a las puertas o en las fachadas de las iglesias.

Con la llegada de la democracia y, sobre todo, a partir de la Ley de la Memoria Histórica, se ha querido rescatar del olvido a las víctimas del bando de los vencedores (sindicalistas, maestros e intelectuales de izquierda) encontrándose con la oposición frontal de la derecha. Rajoy, que en su día debería haber preguntado a su colega Angela Merkel cómo fue el proceso de la derecha alemana para cambiar de opinión sobre Auschwitz y los crímenes del nazismo y, después, haber seguido sus consejos, en lugar de eso, se enorgullecía de no haber dotado ni con un triste euro a la Ley de Memoria Histórica de su antecesor en el gobierno de la nación. Posiblemente de aquellos polvos vengan estos y otros muchos lodos.

Un país que no pone en orden su pasado tiene, sin duda, muchas más dificultades para construir un futuro que se fundamente en la dignidad de las personas.

Recordar a todas y cada una de las víctimas inocentes de los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil, religiosos y sindicalistas, obreros e intelectuales, obispos o políticos es un deber de todos para que, de una vez por todas, cerremos ese capítulo del pasado que, de forma obsesiva, reaparece continuamente en todo momento y que seguirá proyectando una oscura sombra sobre nuestro futuro como sociedad democrática avanzada.

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Ahora, que comienza una larga y prolongada cita con las urnas, se abrirá de nuevo la veda para continuar ladrando los unos contra los otros.