cuerpo a tierra
León en las nubes
Estar en las nubes es condición que se atribuye generalmente a poetas, románticos y otros idealistas, seres que afrontan la existencia con los pies plantados en las arenas movedizas del ensueño antes que en la seguridad de la tierra firme. Habitan no la realidad sino el deseo estos entrañables soñadores, llevan la cabeza llena de pájaros que trinan imposibles y toman por paraíso el paisaje del espejismo. Pero, a lo que parece, el estar en las nubes ya no es solo patrimonio de enamorados. Si, en las inminentes autonómicas, los electores leoneses dejan en disposición de continuar gobernando esta comunidad a los mismos que llevan décadas haciéndolo, con la esperanza de que a la enésima vaya la vencida y sean por fin capaces de construir una prosperidad en la que nos vaya mejor a todos, en vez de a los de siempre, será porque los votantes vivimos más engañados que el notario que certificó que con una sola gota de detergente se pueden lavar mil platos sucios.
Visto lo visto, sin anteojeras partidistas, me parece que ya no procede seguir explicándolo con aquello del fiel voto del granero. Ni con que las alternativas que existen son peores. Tiene que tratarse de otra cosa necesariamente, porque las opiniones son discutibles, pero la realidad es innegable: salvo para los incondicionales que siempre verán un oasis en el desierto, las cifras, hechos y coyunturas demuestran que León va de mal en peor. O, como se decía antes, con metáfora automovilística, de culo y sin frenos. Casi en cualquier parámetro que tomemos, el tiempo pasado fue mejor. Cuatro inauguraciones preelectorales a bombo y platillo y una empresa que viene a tapar el hueco de otra no pueden ocultar tanta ruina: el legado de miseria que han dejado las cuencas mineras, la flagrante ausencia de industria, las mentiras consentidas durante demasiado tiempo por casi todos. Son tantos los leoneses que han tenido que emigrar en busca de trabajo, que prácticamente ya no prosperan ni las funerarias, esos servicios que se anuncian en los autobuses urbanos.
La única explicación que a uno se le ocurre es que estamos inmersos en una alucinación colectiva. Que allí donde cierra una tienda de barrio o queda el solar de una empresa, vemos elevarse el fantasma de un centro comercial inminente o los neones invisibles de otro bar de moda. Como electorado, de confirmarse las encuestas, estamos para hacérnoslo mirar.