TRIBUNA
Nueva reforma de la Curia Vaticana: a la tercera va la vencida
L a reforma de la Curia Vaticana ha sido un tema constante en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. Durante mucho tiempo se ha acusado a la Curia de ser ineficaz, bizantina, dictatorial y sin conocimiento de las necesidades de los católicos de base. Además se la ha acusado también de escándalos financieros y sexuales. Distintos papas posteriores al Vaticano II han intentado reformar la Curia, pero han tenido poco éxito en su empeño. Pablo VI fue el primero en exigir a los jefes de las oficinas de la Curia que presentaran sus renuncias a los 75 años y a los obispos y cardenales de las congregaciones al llegar a los 80. También creó nuevas oficinas para el diálogo con otras iglesias cristianas y con otras religiones. Pero las oficinas existentes no cambiaron sustancialmente y pronto surgió el conflicto entre los viejos y los nuevos oficios. En 1988 el papa Juan Pablo II promulgó la Constitución Pastor Bonus para reorganizar la Curia Romana por primera vez desde 1967. Pero, aparte de no conseguir la deseada reforma, dejó una iglesia dividida y con graves casos de corrupción.
El papa Francisco también comenzó su pontificado introduciendo algunos cambios en la Curia y ahora presenta el borrador de un nuevo documento, Praedicate Evangelium (Predicar el Evangelio) para reorganizar la creciente burocracia del Vaticano. El texto de la nueva constitución apostólica, aún no aprobado, subraya que en el futuro el personal de la Curia Romana debe incluir a hombres y mujeres laicos «en roles de importancia y responsabilidad». La nueva estructura curial, dice el documento, «tiene la tarea de ayudar al papa en el ejercicio de su función primacial, en relación con el Colegio de Obispos y con obispos individuales». «La Curia no se coloca entre el papa y el Colegio de Obispos, sino que está al servicio de ambos». Este borrador es el fruto de las discusiones entre el Consejo de Cardenales nombrado por el papa para este fin, que se ha reunido en Roma 28 veces durante los últimos seis años para preparar el trabajo. La nueva constitución apostólica ha sido enviada por el Vaticano a obispos de todo el mundo para su revisión y sugerencias, con el fin de poder publicarla en este mes de junio.
Los principios rectores de la reforma de la Curia, entre otros, son: a) Los funcionarios del Vaticano deben considerarse «al servicio» de los obispos y las conferencias episcopales. b) La «descentralización sólida» de la autoridad en la iglesia, definiendo ese concepto como «dejar en manos de los pastores diocesanos la facultad de resolver en el ejercicio del magisterio ordinario las preguntas que ellos conocen bien y que no tienen que ver con la unidad de la doctrina y de la comunión de la Iglesia universal». c) «La Curia romana aspira a servir a la comunión recíproca, una comunión que es afectiva y efectiva, del Sucesor de Pedro y los Obispos». d) Sugiere que una tarea de la Curia debería ser recopilar las «mejores prácticas» de la iglesia en todo el mundo, para que pueda «actuar como una plataforma y foro de comunicación para las Iglesias particulares». e) Los oficios de los distintos dicasterios pueden ser dirigidos por sacerdotes o laicos, teniendo en cuenta que al elegir el personal «es necesario involucrar más a los laicos, incluso en roles importantes de liderazgo dentro de la Iglesia, especialmente en áreas vinculadas a las realidades temporales». f) En último lugar se dice que los miembros de la curia «deberían reflejar la universalidad y la naturaleza intercontinental de la Iglesia».
Ante esta reforma, algunos se preguntan si el papa Francisco quiere que el Vaticano deje de ser un tribunal y se convierta en un servicio civil. El Vaticano todavía hoy se organiza como una corte real del siglo XVIII donde los príncipes (cardenales) y los nobles (obispos) ayudan al rey (papa) a gobernar la nación (iglesia). El problema de tal estructura es que no se puede despedir a los príncipes y nobles cuando se muestran incompetentes. La iglesia necesita un servicio civil competente, no un tribunal, donde sus miembros sean sacerdotes y laicos, con experiencia en su área de responsabilidad. Esta reforma llevaría a la descentralización para que las decisiones que se toman actualmente en el Vaticano pasen a ser responsabilidad de las conferencias episcopales o de las diócesis.
La reforma querida por el papa Francisco debería llevar al Vaticano a separar los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Debido a que el Vaticano funciona como una monarquía absoluta, no hay separación de poderes. Hoy en día, las oficinas de la Curia hacen las reglas, vigilan las reglas y dictan juicios sobre quienes violan las reglas. Una separación de poderes significaría otorgar más autoridad al sínodo de los obispos, haciéndolo más como una legislatura real. El Vaticano también necesita un departamento de justicia separado para investigar y procesar los delitos canónicos, ya sean sexuales, financieros o de cualquier otro tipo.
Es alentador ver al papa Francisco comenzar una vez más el trabajo de reformar la Curia. Pero la enfermedad adquirida durante siglos no se cura fácilmente y me temo que las propuestas de reforma una vez más queden en propuestas y decepcionen a quienes han puesto su confianza en ellas. El papa Francisco es un buen pastor, pero no un experto en administración para enfrentarse a la fuerte oposición a la reforma que existe en la misma Curia. No obstante queda por ver cómo los obispos de todo el mundo reaccionan ante la constitución al recibir copias de la propuesta. Puede que entre todos ellos hagan realidad el dicho de que «a la tercera va la vencida».