Cuando refresca
La raya que le pone pie al número 30 en el termómetro marca la distancia que hay en León entre el agravante y el eximente, entre el delito y la absolución. Por encima de esta señal, cada grado diluye la responsabilidad de las cabezas, adocenadas por la retestera que las hace bullir dentro de una sensación neuronal ajena al adn de esta tierra, en la que el frío viene asentado en el par de cromosomas que explican el carácter y la forma de comportarse ante los acontecimientos determinantes. La temperatura define a los leoneses como el levante a los gaditanos. La dictadura del anticiclón de las Azores, con su soberbia de cuñado molesto y enterado, hace perder tiento a los días que ya comienzan vencidos y se arraman líquidos a partir de las 12 de la mañana, cuando no hay lujo más cotizado que la sombra con la que dibujan los árboles la silueta de sus cabelleras sobre el suelo, ni destino más apetecible que el recodo que describe el río al abesedo de los mástiles de piedra de la peña, ni bien con mayores prestaciones que la fórmula matemática en la que escondieron los ingenieros populares su secreto para ahormar en barro la frescura que da el botijo al agua. Hay tragos que hay que pasar como mejor se pueda, aunque duren tres meses de infierno.
El calor se nos mete por las costuras de la piel, tersa por los vientos que nos curtieron en el invierno, para que purguemos los beneficios con los que nos bendice el clima el resto del año. En estos pagos, extendidos desde las cresteras gallardas de la cordillera Cantábrica hasta los mares de cereal que confunden la vista en la infinitud de la Tierra de Campos, el sol del estío avejenta el paisaje, arroja a los campesinos a la intemperie para arrebatarle al terreno lo que enterraron en sus aradas profundas y espiga las fincas para que el peine de la segadora agaville la hierba que colmará el remolque antes de hacerse fuerte en el pajar. La condena da una tregua al atardecer, a la vuelta de las tareas que afanan la jornada para dar sentido a un mañana. Entonces, arrumbado al otro lado del horizonte el fuego que enciende el ambiente, los paisanos se sientan a la puerta de la casa para ver pasar la vida con la lentitud que merecen los asuntos importantes y añoran el mismo frío que maldijeron hace apenas 3 tres meses: esa caricia que traerá la noche con el tacto del arrope necesario de las sábanas. Ese recuerdo que nos hace leoneses, cuando refresca.