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Eugenio González Núñez, Universidad de Missouri-Kansas City
León

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Sandalias en pies firmes y andariegos, melena y cotona blancas, coronada su cabeza por una boina minera, Ernesto —más que nunca—, sigue vivo en Nicaragua. Cardenal, nació en la bella y liberal ciudad colonial de Granada, en 1925. Heredero de una sólida tradición poética, Cardenal estudió letras en Managua, México, Columbia University y Europa. En 1957, fue recibido como monje trapense en el Monasterio de Getsemaní, en Kentucky, donde Thomas Merton fue su maestro y mentor. Esta voluntaria reclusión en la trapa, supuso para él un oasis de serenidad frente al deslumbrante mundo americano. De regreso en Nicaragua, vivió siempre ligado al mundo espiritual, la poesía y la lucha por la liberación de los oprimidos. Visitó varios países hispanos tomando buena nota de cambios políticos y sociales. En 1965 fue ordenado sacerdote y más tarde se asentaría en las islas de Solentiname, sitas en el Gran Lago de Nicaragua, donde fundó una comuna contemplativa de pescadores y artistas primitivistas que alcanzó renombre y fama. Allí escribió su célebre  El evangelio de Solentiname. El mundo llora a otro nicaragüense universal, muerto en Managua, el 1 de marzo del 2020, a los 95 años de edad.

Su poesía, refleja su radicalismo personal, denunciando el sufrimiento y la explotación de las llamadas repúblicas bananeras, temática de su  Canto nacional y Hora cero , donde destaca las proezas de Augusto C. Sandino y los guerrilleros sandinistas. Su poesía está fuertemente asida a la revolución popular sandinista, que en 1979 derrocó a la dinastía de Somoza, desgobernadora de Nicaragua por más de 40 años. Sacerdote, poeta y revolucionario nicaragüense, Ernesto Cardenal, es una figura de la teología de la liberación, como consta en sus poemarios,  Salmos , de 1964, y  Oración por Marilyn Monroe, 1965. A partir de los años setenta su poesía se radicaliza y se vuelve instrumento de la acción política:  Canto nacional   (1972),  Tocar el cielo  (1981) y  Vuelos de victoria   (1984). Lo conocí, tras el triunfo de la revolución popular sandinista, orando el libro de sus Salmos, en Managua.

Su compromiso con los más pobres y contra las injusticias lo convirtieron en la voz moral de la lucha contra Somoza, y de la revolución sandinista, un proyecto con el que se entregó a fondo como ministro de Cultura. Esa íntima vinculación a la política hizo que la Iglesia católica lo catalogara y lo rechazara. Fue Juan Pablo II quien lo amonestó públicamente cuando visitó Nicaragua en 1983, en plena euforia sandinista, dejando caer sobre él un dedo rígido, insultante y acusador. De rodillas, la cabeza descubierta (sin la típica boina negra, que nunca se quitaba), recibió la triste reprimenda del papa, que poco más tarde, le suspendió a divinis, prohibiéndole ejercer su sacerdocio. Carol Wojtyla ha subido a los altares con aureola de santidad; Cardenal bajó a los infiernos del ostracismo eclesial, y a la soledad y la incomprensión de una Iglesia intransigente, alejada de los pobres y de quienes han intentado servirles: sacerdotes obreros, teólogos de la liberación, mujeres generosas.

A partir de 2007, el poeta vivió su propio martirio, cuando Daniel Ortega regresó al poder en Nicaragua, convirtiéndose en un verdadero dictador

Cardenal, sin embargo, mantenía un profundo amor al hermano, expresado especialmente en Los salmos, versos que demuestran su compromiso con la fe, pero también su crítica contra las injusticias, la opresión y el sufrimiento de los más desprotegidos. El poeta fue un creador incansable, cristiano comprometido hasta el final de sus días y una voz profética, combativa e incómoda para el poder. A partir de 2007, el poeta vivió su propio martirio, cuando Daniel Ortega regresó al poder en Nicaragua, convirtiéndose en un verdadero dictador. Cardenal fue crítico del Gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, cuyos desmanes y arbitrariedades denunciaba allá donde viajaba a presentar su poesía. «Daniel y Rosario, tienen un poder absoluto, infinito, que no tiene límites» (Cardenal, a El País , 2017). «No hay libertad para que yo diga algo. En Nicaragua estamos en una dictadura». A pesar de  esa persecución, Cardenal se ha mantenido firme, dando recitales por doquier y denunciando, además, los desmanes del poder. Él, que en su  Cántico cósmico  escribió que la poesía es «el canto y el encanto por todo cuanto existe», seguía trabajando a sus 95 años.

Tras más de tres décadas de purga vaticana, el poeta fue rehabilitado por  el papa Francisco. Jorge M. Bergoglio le informó en febrero de 2019 del levantamiento de la suspensión  a divinis que Carol Wojtyla le impuso en 1984. En una entrevista el mismo Ernesto había reconocido: «Me siento identificado con este nuevo papa. Es mejor de cómo podríamos haberlo soñado».

La obra de Ernesto Cardenal es coloquialista y a la vez profundamente lírica. Su poesía, una de las más sólidas y reconocibles de América Latina, se sustenta en el legado del modernismo norteamericano, de autores como Ezra Pound —el poeta de los cantos, hoy en la Isla de los Muertos—, pero con otras influencias como la cultura popular nicaragüense o las tradiciones religiosas y científicas, a través de un verso sencillo y claro, pero de gran impacto testimonial en el lector.

Tras conocerse la muerte del poeta, Ortega, hipócritamente, ha decretado tres días de luto nacional por «el hermano perdido», «gloria y orgullo de Nicaragua», a quien «admira profundamente». ¡Se necesita cinismo para decir esto de alguien a quien el matrimonio odiaba! Nicaragua pierde a otro de sus grandes escritores, el hombre que sí fue profeta en su tierra, escuchado y querido como los viejos profetas bíblicos, solo odiado por aquellos que someten y ultrajan a los pueblos en el nombre de Dios. Nicaragua ora y suplica con los poemas de Ernesto Cardenal. Y es que Cardenal, el poeta de la teología de la liberación, el ministro revolucionario, sufrió el terror de tres dictaduras: dos político-militases: la de Somoza y la de Ortega, y una eclesiástica: la de la Iglesia Católica.

En la teología de la liberación latinoamericana «La importancia de llamarse Ernesto», era también cuestión de pugna y fidelidad para él: a una iglesia dogmática y conservadora, que apunta, recrimina y condena con un dedo crispado; o la fidelidad a un pueblo creyente, humillado, perseguido y pobre que, pacientemente, espera su liberación. Cardenal optó por lo segundo, desposándose hasta la muerte, con el sufrido y pobre pueblo de Nicaragua.

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El revolucionario hombre de Dios y poeta, Ernesto Cardenal, merecida tiene una hornacina en Solentiname, la Isla de los Vivos.